Beduinos: Amar el desierto

¿Cabe la modernidad entre las montañas y dunas del desierto jordano?

Entre dunas de arena rojiza y montañas rocosas, Faez conduce una vieja y ruidosa Toyota blanca. Cada vez que pisa el acelerador, el motor carraspea y un atrapasueños que pende del espejo retrovisor se agita de un lado a otro. Dos líneas perpendiculares quedan en el suelo y delatan el camino que Faez va creando a su paso por Uadi Rum en el desierto jordano.

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Ante este joven beduino de 26 años no hay ni calles, semáforos o automóviles. Solo kilómetros y kilómetros de arena y rocas que aquí forman colinas, acá mesetas y más allá cerrados cañones en los que se encharca el agua de los escasos aguaceros. En este terreno, que por su inmensidad confundiría hasta al más atento turista, Faez se desplaza sin ningún problema. Sabe a la perfección, por ejemplo, que al pie de esa roca —tan aparentemente igual a las otras— se gira a la derecha. Que luego se avanza por la planicie hacia el norte y en poco tiempo se llega a El Puente, una formación rocosa que bien merece su nombre.

De piel morena y barba escasa, nació y creció en este territorio que su familia ha habitado por más de 100 años. Sus antepasados emigraron junto a otras tribus nómadas desde el centro de la Península Arábiga —hoy Arabia Saudita— en alguna fecha olvidada del siglo xix, cuando Jordania no era sino un territorio más dentro del inmenso imperio otomano. Su familia, asegura orgulloso, sigue siendo una de las más famosas de este desierto.

***

El motor ahoga su rugido, el atrapasueños se sacude y la Toyota se detiene chirriando en la ladera de una duna. Los tripulantes, todos extranjeros, descienden con torpeza y otean el escenario. A pocos metros la arena se vuelve sólida y forma una extensa llanura agrietada y adornada pobremente por arbustos de un verde pálido. Al fondo se elevan afilados peñascos marrones tras los que el sol nace cada mañana. Los colores, las formas, la perfecta combinación que logran con el azul límpido del cielo, crean un cuadro asombroso. He ahí la “serena e impresionante belleza” de la que habló en sus memorias de guerra el general británico Thomas Lawrence al recordar su paso por este valle durante la campaña árabe contra los turcos.

Dos de los visitantes corren hasta lo más alto de la duna. Faez los observa en silencio y se deja caer de rodillas sobre la arena. Se ha quitado las sandalias y sus pies se hunden casi por completo entre los granos pardos. El sol matutino, aún clemente a las nueve de la mañana, proyecta sus movimientos contra el suelo: el cuerpo delgado encorvado hacia enfrente y metido en una túnica negra, la cabeza cubierta con una kufiya rojiblanca y las manos frente al rostro encendiendo un cigarrillo.

El gesto del joven delata más que sólo una cierta pereza matutina. La arena, esos miles de diminutos granos en contacto con su piel oscura, forman el acto más íntimo y cotidiano entre Faez y Uadi Rum. Y él ama el desierto. “It’s my home”, dice. Un hogar de mañanas azules y atardeceres anaranjados, en cuyas noches frías y estrelladas cada año cientos de turistas intentan descubrir esa sensación mágica, única, sobre la que tanto han escuchado.

Pero ni magia ni belleza. Lo que Faez ama es la paz que el lugar transmite. Por las mañanas una ligera brisa, que quizás se desprende desde el golfo de Aqaba, agita los arbustos con suavidad y provoca ese siseo discreto que llega hasta los oídos mientras se camina en silencio sobre la arena. Si acaso un ave o un escarabajo con prisa interrumpirán la escena inmóvil. Luego, sólo la paz. El desierto puro.

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Comparado con esto, la ciudad, sus líos, ritmos y sonidos, a Faez le parecen, como él mismo lo dice, “algo horrible”. Por eso no, no quisiera mudarse a la urbe. Cambiar arena por pavimento, montañas de piedra por edificios de acero y cristal, planicies polvorientas por caóticas avenidas rebosantes de coches, no es una opción.

Mientras que su hermano se unió al ejército, él prefirió quedarse en Uadi Rum. Conocía de sobra el terreno y eso bastaba para convertirse en guía turístico. De todos modos, comenta, aún sin la formación militar que sí recibió su hermano, él está listo para pelear por este territorio si llega a ser necesario.

—Los beduinos —comenta en un inglés fluido, consecuencia del trato diario con extranjeros— son valientes, y van a luchar contra quien ataque su lugar.

Y así lo han hecho. Hace ya casi cien años las tribus beduinas de este desierto pelearon contra los turcos en la guerra árabe de independencia en las filas del Ejército Árabe del Norte bajo el mando del príncipe Feisal, hijo del jerife de La Meca. En esa lucha por la libertad y por la tierra que hoy habita muchos miembros de la familia de Faez murieron. Pagaron con sus vidas el precio de habitar la tierra que amaron.

***

Es hora de marcharse. Al subir de nuevo a la camioneta, Faez saca de la bolsa de su túnica un smartphone. Lo lleva consigo a pesar de que aquí la señal es por lo general deficiente o nula. Un beduino con un teléfono inteligente: quizás la imagen menos probable en la mente occidental cuando se habla de los moradores del desierto. Y sin embargo, retrata más o menos bien la realidad.

—La gente piensa que no conocemos, pero sí. He estado en muchos lugares y sé lo que pasa afuera —reflexiona mientras conduce de vuelta al pequeño poblado donde él vive.

La localidad se llama Rum Village y es un laberinto muy simétrico de calles polvorientas y casas de una planta con bardas descarapeladas y portones oxidados. Fue construida en el valle que separa dos largas cadenas de montañas rocosas y cuenta con una clínica —ambulancia de la Media Luna Roja y doctor— y varias tiendas de enseres básicos. Las antenas de televisión satelital y teléfono instaladas en los tejados hacen pensar que después de todo aquí no se vive tan, al margen de lo que llaman modernidad.

Es cierto: los de la vida nómada han adoptado desarrollos tecnológicos de las comunidades sedentarias. Ya no van de aquí para allá en busca de mejores tierras y fuentes de agua. Terminaron por modernizarse, sí, pero sin dejar, ni siquiera un poco, este amado desierto. Por las noches, aunque su cuerpo esté bajo techos de hormigón, cables y antenas, su espíritu duerme afuera, a la intemperie, cubierto por un manto de estrellas.

Insha’Allah —“Si Dios quiere”—, en unos años serán los hijos de Faez quienes jueguen en estas calles y cuiden las cabras en las afueras del pueblo. Será así hasta que sean capaces de decidir el rumbo de sus vidas. Desierto o ciudad, arena o pavimento, casas de una planta o edificios de varios niveles. Uadi Rum, como él lo hizo, o no. Y este beduino de pocas palabras está convencido de que es una decisión que sólo ellos podrán tomar.

Pero es mejor no anticipar las preocupaciones. “I dont know about the future, my friend”, dice con serenidad. Y no saber no le molesta en lo absoluto. Lo único seguro es el hoy: el valle, visitantes y noches estrelladas junto a una fogata en el campamento para turistas. ¿Y mañana? El mañana traerá lo suyo inevitablemente. Tan inevitable como lo es en este momento el final del recorrido con Faez. Como el apretón de manos y el “maasalam –adiós–” con que nos despedimos. Como su amor por Uadi Rum, el desierto que habita.

-Texto publicado el 26 de septiembre en la edición No. 122 de El Barrio Antiguo.

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