Velas en Jordania por una Franja de Gaza en tinieblas

Las velas iluminaban tenuemente una de las esquinas de la Rainbow Street en el corazón de Ammán, la capital del Reino Hashemita de Jordania. Vistas de cerca no eran sino hileras de llamas mecidas por el aire que soplaba con suavidad en aquella zona de cafés y pubs anegados por el humo dulzón de los narguiles. Sin embargo, bastaba con retroceder un poco y echar una mirada a distancia para que a la memoria vinieran los videos y las fotos que mostraban las explosiones, el miedo y el llanto, el polvo, los escombros y las vidas interrumpidas a golpe de metralla. Aquellos cientos de velas dibujaban en árabe la palabra “Gaza”.

Los jóvenes que las habían encendido, muchos de ellos de ascendencia palestina, se abrazaron formando un semicírculo y comenzaron a cantar versos en los que se distinguía de vez en vez la palabra Palestina. Era una noche fría y algunos se cubrían con kufiyas –el pañuelo tradicional palestino– de cuadros rojos y blancos. Varias mujeres se acercaron al grupo para acompañar las estrofas con sus aplausos.

Aquél era un intento de desempolvar el recuerdo de la destrucción que las bombas israelíes habían causado en la Franja de Gaza durante la operación Margen Protector en 2014. Sin embargo, durante la hora y media que los jóvenes permanecieron en aquella esquina solo la cámara de un medio local captó la escena, unos pocos turistas extranjeros les dedicaron una mirada curiosa antes de continuar el paseo de viernes de noche y algunos habitantes locales se detuvieron para tomarse fotografías. Un vendedor ambulante de té se acercó a tomar, sin permiso ni discreción, una vela para iluminar su puesto móvil. Aparte de eso, nada más.

¿Había valido la pena reunirse para encender velas y entonar canciones? Aparentemente a pocos les importaban. Además, hacía varios meses que el último ataque israelí a gran escala contra la Franja de Gaza había terminado. En los medios ya no se hablaba de los 50 días de bombardeos contínuos sobre una población de 1,8 millones de personas hacinada en un territorio de apenas 365 kilómetros cuadrados (algo así como los habitantes de Guadalajara embutidos en la ciudad de Tapachula). El mundo había superado los 1,454 civiles palestinos muertos y encontrado algo nuevo de qué hablar. De modo que, ¿para qué rumiar la tragedia?

La respuesta llegó en una mezcla de árabe e inglés: “Fi Gaza mafi electricity”, dijo un joven. En Gaza no hay electricidad. “El mundo tiene que ver esto”, añadió otro. Aquellas dos frases encerraban en sí mismas argumentos inapelables sobre la necesidad de aquél mítin en memoria de Gaza. Sí, el mundo tenía que saber o, mejor dicho, recordar: había olvidado no solo la destrucción causada en el pequeño territorio palestino, sino las consecuencias que la población seguía sufriendo incluso varios meses después (cortes diarios de luz de hasta 18 horas, insuficiencia de servicios médicos y abastecimiento de agua por daños en infraestructura, entre otros).

Velas contra el olvido eran aquellas. Canciones y aplausos contra esa desmemoria que ya tanto daño le ha hecho al mundo. Productos de una esperanza innagotable: de que alguien vea, que alguien escriba, que alguien lea. Y que ante esto alguien recuerde y ese recuerdo lo haga sentirse incómodo, empático con las víctimas de la sinrazón, motivado a hacer algo.

En todo el mundo se lucha como se puede contra esta amnesia que padecen nuestras sociedades: con manifestacione, mítines, memoriales, libros y fotografías. Pero también con velas, canciones y aplausos. En plazas, teatros o en oscuras esquinas. Motiva por igual a palestinos, mexicanos, ugandeses, armenios, kirguises, japoneses… esta misma esperanza reconfortante de que al mantener viva la memoria eventualmente, masacres como aquellas, olvidos como aquél, no vuelvan jamás a producirse.

-Texto publicado en elbarrioantigo.com

Consumidores compulsivos de información #RedesSociales

Mayor acceso a la información debería traducirse en ciudadanos más informados y no en consumidores compulsivos sin criterio.

“Esta tipa es una maldita abusiva y ladrona”, comenta alguien en Facebook bajo la imagen en la que aparece una mujer de cabello castaño y tez clara. “Vamos a exhibirla compartiéndolo y boicotear sus productos”, agrega otro usuario. Sobre la fotografía se lee: “Francesa patenta bordados oaxaqueños. Indígenas ya no podrán hacer su ropa”.

La mujer a la que se refiere Jesús Fuentes, autor del texto, y contra la que despotrican los usuarios, es Isabel Marant, una diseñadora de moda originaria de Francia. Alguien más arremete: “No soy mexicana pero estos perros –los franceses– me indigna buscan cualquier excusa para robar! Después preguntan x que los odian (sic)”.

En una semana el texto, publicado originalmente en el blog hechoinformativo.com, es compartido en Facebook 13 mil 200 veces, recibe 14 mil 300 “Me gusta” y más de mil 700 comentarios. Estos últimos van desde propuestas para vetar la entrada de Marant a México hasta evocaciones de la Guerra de los Pasteles entre México y Francia en 1838. Alguien incluso defiende la agresividad de las opiniones: “Vino a robar el talento de una cultura indígena mexicana!! Así q están justificados los comentarios a mi humilde parecer!! (sic)”. Varios de los usuarios que intentan apaciguar los ánimos terminan involucrados en ardientes debates sobre moral y leyes.

Poco importa que la fuente de la noticia sea el mismo blog que días atrás “confirmó” el –supuesto– inicio de la tercera guerra mundial o que publicó el “escalofriante” mensaje del grupo yihadista Estado Islámico dirigido a los mexicanos. Ambas informaciones falsas; pero ambas con un número alto de “Me gusta” y comentarios.

La noticia sobre la compra de la patente, como era de esperarse, también resultó falsa. En realidad, la diseñadora fue acusada de plagio por el gobierno municipal del pueblo oaxaqueño de Santa María Tlahuitoltepec en junio de este año, y no de haber comprado los derechos de autor de la prenda y exigir que se prohibiera su fabricación en México, como menciona el texto.

Con esta invención se eliminó la diferencia que hay entre plagiar un diseño y adquirir los derechos de autor de una blusa tradicional y exigir que se prohíba que las personas de esta comunidad la produzcan sin pagar por concesiones. Por eso, cuando Marant desmintió el rumor a través de su cuenta de Facebook, se desató otra lluvia de insultos y acusaciones del mismo tipo que las anteriores.

Este hecho no es algo aislado. La dinámica parece ser tendencia: la condena, casi sin tiempo para replicar, de personas, actos y situaciones en función de un título o una imagen publicada en las redes sociales. Y nada más. Basta con leer el encabezado de una “noticia” publicada en alguna red social para que los usuarios la den por cierta. Y no solo eso: lo que viene a continuación es una ola de indignación y furia muy similar a la que se desató bajo la imagen de la diseñadora francesa en las últimas semanas.

Fue como si el patriotismo resurgiera junto a una explosión de empatía sin precedentes, pero matizado por un enojo ciego. Los miles de “Me gusta” y “Shares” generaron un ciclo difícil de romper al propagar el rumor y reafirmar así la percepción de su veracidad.

Estas acciones parecen una réplica del comportamiento que anteriormente tenía el televidente común. Ese que con leer el titular de un noticiero daba por sentado que se trataba de una verdad. El “lo vi en la televisión” ha sido complementado con un “lo leí en tal o cual red”.

Es un fenómeno interesante. Hace una década la televisión, por ser un medio al que solo tenían acceso ciertos grupos y personajes, ejercía, entre otras cosas, la función de validador –confirmaba como cierto lo que transmitía–. Hoy ese puesto es compartido con las redes sociales, a pesar de que estas estén al alcance de cualquier persona con cualquier intención.

Con la misma facilidad se publica una noticia sobre la quema de un campamento de refugiados sirios, la venta de los derechos del himno nacional mexicano, el regreso del “robachicos” o, más recientemente, la adquisición de la patente de la blusa tradicional mixe. Sin importar su veracidad, en cuestión de horas, de muro en muro, el dato ya ha dado la vuelta al mundo.

El problema, sin embargo, no es la facilidad para “viralizar” información (en ocasiones resulta positivo e incluso necesario), sino lo que subyace a la furia que miles de usuarios dejaron fluir en sus comentarios como respuesta a datos falsos: una falta generalizada de criterio y capacidad de análisis.

Aunque nadie está exento de la exposición a datos tergiversados o incluso inventados –la red, carente de filtros, está llena de ellos–, al mismo tiempo todos pueden evitar caer en el juego de las informaciones falsas y la furia y miedo infundados que se pueden desencadenar.

“El diablo está en los detalles”, dice el dicho. Y los detalles integran también el contexto. Por eso en RedesQuintoPoder recomendamos a los usuarios de redes sociales que se tomen el tiempo: den clic a la liga, analicen el contenido, verifiquen la fuente y comparen la información con la de otros sitios serios y oficiales.

Una ciudadanía bien informada fortalece la democracia. De otro modo, el acceso a la información que tenemos no se traduce en ciudadanos conscientes sino en consumidores compulsivos sin criterio.

Lo peor que les puede pasar al verificar información antes de compartirla en sus redes es construirse una versión más integral de la verdad y seguramente evitarse un dolor de cabeza por patentes que nunca se han comprado.

 

-Publicado originalmente en RedesQuintoPoder.

Franja de Gaza: No solo las bombas matan

En la Franja de Gaza, quizás, la única diferencia entre enero de 2009 y hoy, es que no llueven misiles teledirigidos sobre las casas de los civiles. El terror que provocan las explosiones se ha ido. El cielo no se ilumina de súbito y la vida no es el combustible de ninguna llama. No hay tanques israelíes barriendo con la población palestina y el fósforo blanco cesó de consumir lo que pudo. Los niños no lloran presas del pánico ni sus escuelas son agujeradas por morteros. Y aunque seguramente la ausencia de los aproximadamente 1.400 palestinos –900 de ellos civiles– que fueron asesinados durante la operación israelí “Plomo Fundido” sigue doliendo, al menos ahora el cielo está despejado.

Bombardeo sobre la Franja de Gaza durante la Operación Plomo Fundido Foto: RTVE

Sin embargo, a ras de suelo, como aquellos días y noches interminables entre el 19 diciembre de 2008 y el 21 de enero de 2009, los muros siguen en pie. Las vallas no cesan ni un momento de erguirse imponentes, insondables, injustas. La vida continúa hacinada. La vida de un millón y medio de personas sigue girando lenta y pesada dentro de un área asfixiante de 365 kilómetros cuadrados, una de las zonas con la densidad de población más elevadas del planeta.

Desde hace meses que los cortes de luz se extienden hasta por 10 horas. En 2006 un bombardeo israelí hizo ruinas la central eléctrica de Gaza y ahora se depende en un alto porcentaje del suministro de Israel para encender las bombillas de los hogares palestinos.

Peor aún: con el creciente índice de desempleo, desde el 2009 más del 80 por ciento de los habitantes sobreviven de la ayuda humanitaria que reparte la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos, también controlada y supervisada –en ocasiones interrumpida– por Israel.

Ni las muertes de cerca de un millar y medio de palestinos entre finales del 2008 y noviembre de 2012, son suficientes para pagar el -maldito e injusto- precio de entrar en la lista de prioridades de la comunidad internacional.

¿Que nadie priva a los palestinos de desarrollarse y de vivir en su territorio? Si apenas reciben del exterior los productos básicos para subsistir -y el 90 por ciento de ellos lo hace bajo el umbral de la pobreza-, ¿quién puede tomar el tiempo para pensar en desarrollo social, cultural y político? Como se preguntaba el periodista Jon Sistiaga, ¿qué clase de tolerancia y respeto pueden aprender los niños en unas aulas hechas añicos?

Es cierto, en 2006 Israel sacó a todos sus ciudadanos de Gaza y con ello pretendió dar fin a la ocupación. Sin embargo, no tardó en emprender un bloqueo sistemático con peores consecuencias que las de cohabitar, aunque solo para los palestinos.

La situación se ha extralimitado a tal grado que se dejó temporalmente en un segundo plano la cuestión del Estado palestino para centrarse en la necesidad apremiante de vida digna, alimento y salud para la población de Gaza.

Por lo tanto, si las autoridades israelíes pretenden legitimar sus ataques enmarcándolos en el derecho de todo pueblo a defenderse, pueden empezar por mencionar que desde hace ocho años controlan injustificada y arbitrariamente el acceso de personas –incluso residentes–, víveres básicos y materiales de construcción a un territorio ajeno. Aquí no hay espacio para una “cuestión de seguridad y defensa” porque apesta a eufemismo de “racismo y opresión”.

Ahora, al menos, los militares israelíes, los ocupantes, (¡Alhamdullinlah!), se han replegado a las fronteras. Pero a cinco años de aquella fatídica y todavía impune operación Plomo Fundido, se llega a la conclusión de que después de todo, la vida no vuelve a correr tan normal, tan viva, tan digna. Que comoafirmó el abogado palestino Raji Sourani el territorio está en la peor situación de su historia. Y que en la Franja de Gaza no solo las bombas matan.

Afganistán: Estadounidenses, talibanes… ¿o qué?

Afganistán entre dos fuegos. Afganistán entre dos ejércitos: el talibán y el estadounidense. Afganistán nuevamente impelido a decidir entre la presencia militar del extranjero y combatir solo a los insurgentes. Casi treinta y cinco años después de aquél fatídico 1979 en el que comenzó la invasión soviética, el país vuelve a acercarse a una etapa incierta.

Solo diez días le quedan al 2013. Y solo diez días le quedan a Afganistán para que sea 2014. Y desde hace unos años, “2014” significa para afganos, talibanes y tropas extranjeras en el país, el inicio de una nueva etapa, de un cambio de esquema. Y hay incertidumbre, mucha.

El próximo año es el límite para que la misión militar de la OTAN, la Fuerzas Internacionales de Asistencia para la Seguridad (ISAF, en inglés), que incluyen un fuerte contingente estadounidense, se retire del suelo afgano después de doce años de actuar en el país. Pero podría ser que no. No si Kabul suscribe un acuerdo con Washington para “renovar contrato” y prolongar por once años más la presencia de entre ocho y doce mil soldados en el terreno. Esta vez, con el fin de entrenar a los cerca de 350.000 soldados y policías que integran el cuerpo de seguridad afgano.

Un acuerdo que la Loya Jirga, la asamblea que reúne a alrededor de 3.000 líderes tribales de Afganistán, ha ratificado con mayoría de votos y que, si se firma con las condiciones de Obama, otorga inmunidad total a los militares que permanezcan en el país y prevé la instalación de por lo menos nueve de sus bases militares.

Provincia de Kandahar, Afganistán. Octubre 2010. Foto: Rodrigo Abd

Por ahora, de cara a las elecciones presidenciales de abril de 2014, el peso de esa decisión recae en los hombros del presidente Hamid Karsai –en el poder desde la caída del régimen talibán en el 2001–. Pero este no cede y hasta se rehúsa a firmar. Alega que EE.UU. no respeta la vida de los afganos, que no firmará si no se prohíbe el cateo indiscriminado de casas de civiles y que prefiere dejar tal decisión en manos del próximo mandatario. Pero no solo son palabras. Las recientes reuniones por separado que ha sostenido con Nawas Sharif, primer ministro de Pakistán, y con Hassan Rohani, presidente de Irán, enfocadas en determinar una estrategia de seguridad y para reanudar las conversaciones de paz con los talibanes, hacen inferir el deseo de mantener a Obama al margen de la situación a partir del próximo año.

Su negativa a firmar el acuerdo con la Casa Blanca es lógica. Haciendo un repaso de la historia de Afganistán, más de veinte de los últimos treinta y cinco años los ha pasado con la presencia de uniformados extranjeros: primero rusos y más tarde los aliados occidentales. Los únicos cinco años que estuvo libre de fuerzas foráneas los pasó sin fútbol, sin música y sin cometas, bajo el régimen de los radicales. Se suma también el descontento por las múltiples víctimas civiles que han dejado las operaciones militares de la OTAN desde el inicio de la invasión, en especial a causa de los tan criticados ataques con drones, mientras que el diálogo de paz con la insurgencia –pieza clave para la reconstrucción del país– sigue siendo un sueño.

Un informe publicado en 2011 por el Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York señala que “la única manera de acabar con la guerra en el país asiático es empezar un proceso de paz con los talibanes”. Los autores del texto –según información de El Mundo– alertan de “la necesidad de que los ataques militares vayan acompañados de un proceso de negociación por el que las fuerzas aliadas consigan la colaboración de los líderes talibanes más veteranos”. Proceso que debe ser liderado, ejecutado y consumado por las autoridades nacionales, algo que Estados Unidos parece no entender o no tener en relevancia y que lo llevó a emprender en junio de este año una iniciativa para dialogar con la insurgencia sin la intervención de Kabul.

Sin embargo, el rechazo de Karzai también puede responder a la presión de Irán, cuyos líderes aborrecen y se oponen a la idea de tener como vecinas por once años más a tantas bases estadounidenses. Cuánto más en un país con quien comparten cerca de 945 kilómetros de frontera. En las reuniones mantenidas con el líder afgano, Teherán ha pedido más cooperación entre ambas naciones, la salida de las tropas extranjeras y que los problemas regionales sean dejados en manos de los países de la zona.

Ante este panorama, Washington presiona y amenaza con cumplir el acuerdo que, además del retiro de las tropas, también elimina una ayuda financiera que ronda los cuatro mil millones de dólares anuales. Así, con el pretexto de que se requiere tiempo para planear la nueva estrategia, el ultimátum para Karzai es el 31 de diciembre.

¿Por qué? La respuesta oficial de Washington es que no quiere dejar en manos de un ejército aún inexperto la guerra contra los radicales a los que tanto teme y a quienes se acusó de dar refugio a los milicianos de Al Qaeda después de los atentados del 11-S. Pero la presión y el apuro pueden responder a motivos que trascienden los temas de la seguridad. Porque irse en la situación actual del país dejaría ver que su labor en el terreno ha sido un fracaso –uno más de varios en la última década– y que Afganistán ya no los quiere en su suelo. También lo pueden concebir como dejar el paso libre para que Irán, aliado de Rusia y conocido enemigo de Occidente, expanda su margen de acción e influencia en el marco de lo que algunos expertos han calificado como el regreso de la “Guerra Fría”.

Quizás esto explique por qué Estados Unidos, a pesar de los anunciados esfuerzos de Pakistán y Afganistán para entablar el diálogo con la insurgencia, haya continuado los ataques de aviones no tripulados contra objetivos talibanes, que provocaron a principios de noviembre la muerte del líder de la facción pakistaní Hakimulá Mehsud. Un hecho que, intencionado o no y como denunció Islamabad, sabotea la carrera por la paz regional y hace necesaria la permanencia de las tropas extranjeras.

Según el mismo informe de la Universidad de Nueva York, “los ataques en zonas dominadas por los talibanes y contra los líderes provinciales dejarán el movimiento en manos de guerrilleros más jóvenes y radicales que permitirán que la influencia de Al Qaeda aumente en la zona”. Además, si se concreta la retirada prevista para finales del próximo año, se haría en el marco de la campaña de expansión de la organización que fundó Bin Laden, que se infiere con los recientes ataques de Al Shabab en Kenia, el arribo de sus radicales a Siria y el reforzamiento de las facciones en Yemen. Sin un acuerdo con la insurgencia, irse sería, en pocas palabras, dejar al país a su suerte.

Sin embargo, por sobre las intenciones de Washington, es evidente que el relevo total con las Fuerzas de Seguridad Nacional Afganas (ANSF), por lo menos ahora, no encabeza la lista de mejores opciones. Porque si con las tropas aliadas la actividad talibán no ha disminuido, menos lo hará con las desaliñadas milicias locales. De acuerdo con la 12ª edición del “Informe sobre el progreso hacia la seguridad y la estabilidad en Afganistán” que publicó en noviembre de este año el Departamento de Defensa estadounidense, las ANSF sufren una “media insostenible” de 100 bajas semanales, que provoca que el índice de deserciones en sus filas ascienda entre un siete y diez por ciento cada año. Además, según Reuters, la ausencia de tropas extranjeras posiblemente reduciría la voluntad de los países donantes para entregar una ayuda económica que representa el 90 por ciento del presupuesto total afgano.

Por eso, aquí y sólo aquí se podría replantear la permanencia de las tropas únicamente en función del bienestar y seguridad de los afganos. Estar aunque solo un poco más, al menos hasta después de las elecciones –que los talibanes ya boicotearon en 2009– y hasta que se alcance un acuerdo entre el nuevo gobierno y la insurgencia talibán. Como escribió Gervasio Sánchez en su blog, lo lógico hubiera sido mantener la misión militar en las zonas inestables, reducir “el número de soldados durante el invierno en que la actividad insurgente es mucho menor. Volviendo a enviar refuerzos las semanas anteriores al 5 de abril de 2014 para garantizar las elecciones presidenciales”. El mismo portavoz de la comisión electoral de Afganistán, admitió para el HERALDO de España, que va a ser muy difícil garantizar el proceso electoral de abril del próximo año sin el apoyo de las tropas extranjeras.

Pero que el proceso se lleve a cabo como sugiere el periodista Alberto Arce: “Que los afganos hablen entre ellos. Todos. Sin limitaciones. Sin condiciones previas. A ser posible, sin intervención extranjera. Ni la norteamericana ni la que viene de sus hermanos musulmanes”. Si no se puede, que los foráneos se limiten al tema de seguridad, a que el proceso electoral y el diálogo se cumplan por el bien del país.

Mientras tanto, a diez días de que venza el plazo, el país de los mil soles espléndidos, que evoca el escritor afgano Khaled Hosseini, espera que 2014 sea una puerta al camino hacia la normalidad, hacia la paz. En palabras de la periodista Mayte Carrasco: “Que la vida sonría a los afganos y la muerte se aleje”. Que así llegue el día en que Afganistán pueda pararse, por su cuenta, con ambas piernas: de la dignidad y la soberanía.

Siria: Redención de pecados entregando las armas

Lo que sugiere el título es lo que sugiere la nueva forma de justicia que parece pretender aplicar la ONU y aceptar la comunidad internacional. Aquella según la cual resulta más peligroso el instrumento del agravio que el mismo agresor, y en la que apremia la destrucción del primero aún más que la detención y castigo del segundo.

En otras palabras y en código sirio, es empeñarse en destruir un armamento químico calculado en mil toneladas –cuyo uso ha cobrado la vida del uno por ciento de las víctimas del conflicto- mientras Assad, a quien culpan de haberlas utilizado, continua en el poder. Y lo que es peor, sus armas convencionales siguen acribillando a una población sangrante.

Parece que la cuestión humanitaria y el problema de un régimen que mata a sus ciudadanos respaldado por un miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, es algo del segundo plano y en el mejor de los casos para más tarde.

Expertos de la OPAQ recogen muestras en Siria. Foto: Reuters 

El acuerdo para destruir las armas y su aplicación es el orgullo de las potencias occidentales, que saltaron de jubilo en cuanto EE.UU. y Siria abrazaron la propuesta rusa. También saltó Damasco. Porque Assad tiene razón al asegurar que Estados Unidos no logró un acuerdo con él. Con la amenaza del ataque, Washington en realidad creó una necesidad para el régimen: quitarse de encima la presión norteamericana, y Rusia le dio la solución. Bashar respondió únicamente en función de ello y aceptó entregar el arsenal. No más amenaza de intervención.

Es una victoria más psicológica y simbólica para la comunidad internacional. Para la ONU de la credibilidad por los suelos. Para el Obama abandonado –acertadamente– por su Congreso. Para el Cameron atado de manos. Es el gol de la dignidad de quienes no tienen ningún interés genuino en resolver la cuestión, pero pretenden mostrar que sí.

Según informa la BBC, el director general de la OPAQ, Ahmet Umzucu, está satisfecho con el plan de destrucción de las armas, pues, dice, “establece metas ambiciosas que debe cumplir el gobierno de Siria”.

“La siguiente fase será la más desafiante y su puesta en marcha a tiempo requerirá la existencia de un ambiente seguro para la verificación y el transporte de las armas químicas”.

No. La siguiente fase, “la más desafiante”, no es lograr la paz, castigar a los culpables y socorrer a la población, sino destruir las toxinas para que Obama y sus intereses suspiren de alivio.

Mientras tanto, cruelmente, como todo en la guerra, los sirios miran entrar y salir de su país a las misiones de la OPAQ en su tarea de vaciar al régimen de armas químicas para garantizar el bienestar de los intereses occidentales. Porque Siria es un país tan devastado que lo más importante ahí es la seguridad del extranjero.

Siria: algo sobre la intervención que no fue*

En el Mediterráneo oriental, buques de guerra se dejan mecer pesadamente por la corriente marina. Cargan misiles con unos 450 kilos de explosivo convencional. De los Tomahawk, con capacidad para desplazarse por cuenta de su motor de propulsión hasta 2.800 kilómetros desde su base de lanzamiento. En Jordania también hay Tomahawk. Pero además hay F-16 y unos mil soldados. En ambos sitios, esperan una decisión que no se hace llegar, que no se hace tomar, que se dilata, y que ha hecho arder la diplomacia –ya fracasada– de las potencias mundiales.

Están ahí para proteger a Estados Unidos y sus intereses de la masacre que se desarrolla en Siria. Para evitar que lo que ahí sucede no afecte más que a los sirios y, sí, a alguno que otro vecino. Pero ni hablar del Estado judío, ni de los europeos, mucho menos de Washington.

Foto: mx.globedia.com

A estas alturas parece hasta estúpido que aún se pueda pensar que la ONU y sus miembros tiene algún interés en la solución del conflicto meramente por los sirios. Porque, sin duda, no estarían ahí esos buques cargados de dinamita y combustible si, con la muerte de unas 1,400 personas en un solo ataque con armas químicas (gas sarín), no se hubiera visto amenazada la “superpotencia” norteamericana.

¿Cuántas masacres se necesitan para pagar el precio de entrar en la lista de prioridades de la comunidad internacional? La cifra, sin duda, no es menor a cien mil humanos muertos. Tampoco alcanza un millón de niños –¡niños!– que han tenido que huir con sus familias a campos de refugiados (más de la mitad de ellos son menores de 11 años). Y un campo de refugiados no es un parque de paseos dominicales con los paisanos. El precio, se ha demostrado en los últimos días de tensiones, se alcanza al amenazar los intereses de EE.UU.

El periodista Antonio Pampliega comenta que puede ocurrir que a la larga los sirios de arrepientan de haberse alzado contra Assad. Pero se arrepentirían solo gracias a Occidente y su desidia. Sombrío panorama. La comunidad internacional dejó pasar hace mucho la posibilidad de hacer algo políticamente. Cuando los implicados eran menos, menos los muertos y más las opciones.

Hasta hace pocos días la oposición parecía soñada con la nueva opción que se barajaba en las manos de Obama. Culpables o no del ataque, la intervención supondría abrirle a Assad un nuevo frente, con combatientes invisibles, a distancia y mucho más fuertes y preparados que él. Los rebeldes podrían tomar ventaja y adjudicarse alguna que otra victoria mientras durara el ataque. Pero sobre todo estaría latente -ya por respuesta del régimen, ya por una de Rusia o Irán- que EE.UU. se viera arrastrado a implicarse más rotundamente en el conflicto, beneficiando -claro está- al bando rebelde.

Sin embargo, la intervención ya no encabeza la lista de opciones a evaluar. Las armas químicas, que eran el motivo de Washington, sí le han servido de mucho al régimen: la promesa de su entrega y próxima destrucción, sugerida por Rusia, ha sido suficiente para evitar –o por ahora retrasar– el ataque militar de EE.UU. Algunos han calificado a esto como el “salvavidas” de Obama, que le ha permitido continuar al margen y poner en manos de otros –la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, después del Congreso estadounidense– la cuestión siria.

Porque Obama echa el peso sobre la ONU y la reta a castigar a Bashar si no cumple con el programa de desarme, argumentando que de no hacerlo se pondría en riesgo la credibilidad y reputación del organismo. Pero pretende encarar a una institución que parece débil y asustadiza, influenciada y amordazada por aliados del régimen y que hasta el momento ha sido incapaz de señalar a los culpables del ataque con gas sarín en Ghouta, aún cuando las pruebas señalan al régimen. El reporte presentado el 16 de septiembre sobre sus averiguaciones sobre el terreno, se ha limitado a decir lo que ya se sabía incluso antes de que sus investigadores pisaran Siria: que fue un ataque con armas químicas. Sin embargo, análisis de Human Rights Watch establecieron que por la dirección y ángulo de la caída de proyectiles tierra-tierra –que solo el régimen podría tener– el origen debió ser el cuartel de la brigada 104 de la Guardia Republicana.

Assad queda entonces como el gran vencedor. Su viceministro de Exteriores lo proclama al asegurar que la aceptación de Washington de la propuesta rusa ha sido una victoria para Siria. Y parece que sí. Sí, porque mientras la OPAQ estudia el recién entregado inventario del arsenal químico y las potencias se reúnen e intentan llegar a un acuerdo sobre el proceso de su destrucción, Assad sigue ganando terreno, porque el apoyo extranjero no cesa de su lado.

Mientras tanto, a los rebeldes ya acumularon dos peligrosos frentes: el del régimen y el del los “cadavezmásfuertes” radicales islamistas, es decir, el Frente Al Nusra y el Estado Islámico de Iraq y Levante. Assad gana porque tiene a Obama como un gato que se entretiene con el ovillo. Actuando como si las armas fueran el problema y su desmantelamiento la solución. Como si olvidara que un noventa y nueve por ciento de los muertos que se ha cobrado la guerra, en su mayoría –y como siempre– civiles, han sido por armas convencionales. Su uso desmedido, Occidente ha dejado claro, no constituye una falta grave y mucho menos un crimen contra la humanidad digno de motivar reuniones de emergencia y menos el envío de buques de guerra cargados de misiles.

Lo que pasará en Siria es tan incierto como devastador es lo que ahora sucede. Sin embargo, cualquiera que sea el camino que tome la zona en los próximos días, meses, años, Siria ya forma parte del archivo del horror y vergüenza de la humanidad. Esa enciclopedia-lastre con la que deberíamos cargar para no olvidar, para no repetir lo que en ella está escrito. “Deberíamos”, porque tantos años después los primeros horrores la llevamos a cuestas mientras condenamos más y más ignominias de nosotros mismos. Pero no solo digamos Siria: hablemos de Mali, de Sudán, de Congo, de Haití, de Colombia, de México. Porque malos ya nos sobran como para desviar la mirada y encender la televisión. Hablemos para enfrentar y quizás frenar a nuestros demonios enclavados en aquellos lugares.

Albert Camus escribió: “Debemos comprender que no podemos escapar del dolor común, y que nuestra justificación, si hay alguna, es hablar mientras podamos en nombre de los que no pueden”.

*Texto escrito hace varias semanas. Ahora, algunas de las situaciones han cambiado.

Occidente, la clave de la expansión radical en Siria

Han sido treinta y un meses. Echando cuentas, desde marzo del 2011 a la fecha, suman treinta y un meses de guerra en Siria. Es decir, dos años y medio que le bastaron a Al Qaeda para infiltrarse, afianzarse y aliarse en el país árabe en medio de la revolución a través de sus nuevas filiales: Jabhat al Nusra y Estado Islámico de Iraq y Levante, ISIL.

Ahora se teme que la hayan secuestrado.

El anuncio se dio hace un par de semanas: bien plantados en el terreno los radicales han reunido bajo su bandera –la de la fe islámica– a por lo menos 13 agrupaciones que hasta hace muy poco todavía disparaban bajo las consignas del Ejército Libre Sirio (FSA, por sus siglas en inglés) y la Coalición Nacional para las Fuerzas de la Revolución y la Oposición Siria, CNFROS.

Miembros de Jabhat al Nusra. Foto: VICE

Letal golpe para una oposición apoyada y reconocida por Occidente que pretendía representar ante la Comunidad Internacional y desde el exterior a los rebeldes del interior. (AFP cita a un líder de la brigada islamista Liwa Dere Ak Shabaa que asegura que no quieren ninguna relación con los políticos que no estén dentro de Siria luchando con ellos). Ha sido menguar el brazo armado de la revolución y fortalecer la lucha islamista que nada tiene –ni quiere tener– que ver con la democracia del país. Y cuyo único objetivo común es la caída de Assad.

Abdel Khader Al Salad, comandante en jefe de todas las operaciones en el norte de Siria de la milicia Liwad al Tawid dijo a AP: “Los dos –radicales y los moderados- buscamos la victoria aunque con diferentes métodos”. Otro afirmó: “No tenemos la misma ideología, pero sí compartimos el mismo objetivo que es derrocar a Assad”.

Sin embargo, paradójicamente, la situación ventajosa que poseen los afiliados al grupo que fundó Osama Bin Laden, tiene menos que ver con acciones propias que con las de sus más encarnizados enemigos. Porque Occidente, si se medita un poco, le dejó el camino libre para convertirse en lo que es hoy: la fuerza opositora más letal en Siria, incluso para los rebeldes moderados.

El abono de los radicales fue el tiempo, la desidia, la pasividad que Occidente mostró hacia la situación siria. El desgobierno que provocó esa inacción fue el agua que regó la mata radical. “Al Qaeda –escribe el periodista Jon Lee Anderson– prospera en todo vacío de poder”. Y Siria tiene un vacío y una falta de liderazgo que estos islamistas detectaron y ahora pretenden usar en su favor.

En su artículo “Déjenlos que se maten entre ellos”, el periodista Javier Espinosa resume la metamorfosis de esta revolución en una frase sencilla, pero cortante por lo mucho que tiene mucho de verdad: “La población siria se levantó contra la dictadura exigiendo democracia, el régimen respondió masacrándoles y Occidente ignoró su penuria; entonces llegó Al Qaeda”. Pero parece que arribó al país y no se irá por la buena, ni en poco tiempo. No sin dar guerra.

Mientras tanto, sin apoyo extranjero directo y sustancial, además que desmotivados por el revés de Obama sobre una intervención militar contra Assad, ese intento de oposición rebelde moderada que no pudo unificar objetivos, está perdiendo miembros y apoyo de la población.

Desde el exilio podría llegar a ser poco más que un grupo que pretende influir en lo que pasa fronteras adentro sin tener ahí pelo de injerencia. Porque la buena propaganda de los radicales y su amplia experiencia en las guerras –muchos de los combatientes que fundaron el frente Al Nusra pelearon antes en Irak bajo el estandarte de Al Qaeda– atraería a las facciones más laicas, pero hambrientas de aliados. Y cuánto más a las brigadas islamistas que hasta el momento se habían mostrado tolerantes, como es el caso de la brigada Liwad al Thawid, en Alepo.

“La escases de recursos en el ELS ha llevado a que la gente le abra los brazos a aquellos con dinero, armas y comida: Al Nusra”, escribe Danny Gold en un artículo para VICE sobre los yihadistas en Siria.

Recientemente un comandante de las tropas rebeldes en la Ciudad Vieja en Alepo dijo a una agencia que el 70% de los habitantes de la ciudad no confía en la Comunidad Internacional ni en las promesas de Occidente, y que esto es lo que los ha llevado a alinearse con los islamistas. Que la pobreza extrema, dice Jon Sistiaga, lleva a lealtades extremas. Aunque en Siria bien podría ser la desesperanza lo que ha provocado esta nueva unión.

Hace unas semanas así hablaba un líder de una brigada rebelde en Alepo: “Al Qaeda, ellos luchan y mueren por nosotros. Estados Unidos y Occidente están creando unmonstruo en Siria”.

Combatientes de una brigada del ELS. Foto: VICE

Parece confirmarse el sentido de la frase: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Al menos por ahora y hasta que el régimen caiga -si cae- , porque eso sólo significaría abrir una nueva y dura lucha que los moderados ya auguran: contra los radicales. Sin embargo, no pueden evitar semejante alianza en el momento en que menos apoyo reciben y más lejos divisan la mano occidental.

Para ellos, la cuestión radical parece ser cosa para más tarde.

”Una vez que caiga el régimen no recibiremos ni aceptaremos órdenes de nadie. Cooperamos con ellos, pero estamos en total desacuerdo con su ideología”, dijo un comandante del ELS. Una vez que caiga el régimen, dijo…

El periodista Javier Espinosa escribe que en las fechas cuando la rebelión armada apenas comenzaba y la región montañosa de Jabal al Zawiya, en Idlib, era la primera zona liberada, ninguno de los tantos sirios que entrevistó mostró ninguna afinidad con Al Qaeda. “De hecho, Jabhat al Nusra, la facción que ahora reconoce su lealtad a esa ideología, ni siquiera se había creado“, escribe. Tampoco se escuchaba del Estado Islámico de Irak y Levante, ISIL. Claro, por aquellas fechas Occidente se vislumbraba como una esperanza, como quien saltaría a la palestra siempre en defensa de la democracia y la libertad que buscaba la revolución.

Ahora esa nueva alianza comienza a darle crédito al argumento eterno de Assad: de que la oposición está integrada por terroristas. Así, bajo el título de “lucha contra el terrorismo” podría justificar la violencia desmedida. Por cierto, algo muy al estilo Bush.

Además, se elimina de tajo cualquier posibilidad de apoyo militar occidental a las partes moderadas, ahora en peligro de radicalizarse. Esto sugiere que los islamistas o encontraron un buen grifo externo o se han hecho con buenos recursos de las zonas tomadas como para subsidiar una lucha que se prevé larga y difícil.

Con este panorama, de bandos polarizados, los rebeldes moderados comenzarán a verse obligados a tomar partido por las brigadas islamistas, mejor organizadas y de creciente poder en la zona. De lo contrario las tendrían por enemigas, como un segundo frente tan solo después de las bombas de Assad.

Por otra parte, el proceso de destrucción del arsenal químico del régimen se complica. Empezando por ser esta la primera vez, según señala BBC, que la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) enfrenta el problema del desarme en medio de una guerra. Además, varios de los lugares donde el régimen almacena parte de las armas están cerca de zonas controladas por la oposición y pactar un alto al fuego durante las misiones de desarme es aún menos probable con la presencia de los radicales. Sin embargo, aunque los rebeldes saben que sin armas químicas Obama tiene poco o casi nada que hacer en Siria, saben también que atacar a los expertos de la OPAQ podría significar atraer a tropas extranjeras para su protección.

Según un experto citado por AP, la ruptura también pone en desventaja a la oposición aceptada por la Comunidad Internacional con respecto al régimen en caso del inicio de conversaciones de paz. Pues, ¿cómo negociar con un representante externo que no representa a las fuerzas en el interior? Cualquier logro que se obtuviera se aplicaría solo para los moderados que aún conserve de su lado la CNFROS. Moderados que podrían llegar a ser minoría.

Sin embargo, ante el panorama de la expansión radical, el escritor y analista Fernando Montiel (Gatopardo) se muestra hasta optimista. “Como lo demostró el gobierno de los talibanes en Afganistán, la duración de los regímenes es efímera, y como lo demuestra el de Irán, su popularidad, limitada”, escribe. “En resumen: los regímenes teocráticos en el siglo XXI no son tendencia, son la excepción y no la regla”.

Claro, no son la regla –¡Alhamdulillah!–. Y como no lo son, el problema no es si llegarán o no al poder. De paso, parece imposible. He ahí el ejemplo de Afganistán, Mali, Iraq: años y años de guerrilla, muertos y más muertos, y el poder aún les parece lejano. El “leitmotiv” es que en su intento de apoderarse de la revolución, sembrarán –y siembran– a derecha y a izquierda, su radicalismo, la implementación de la sharia, entre los civiles, que de por sí reciben balas y metralla del régimen a cascoporro, dice Manu Brabo.

Porque varias de las “Zonas Liberadas” quedarán bajo la mano de los radicales y su legislación, la sharia. Los habitantes de esas zonas pasarán a vivir en una nueva dictadura: la que defiende la ley del Corán por sobre toda vida humana y cuya misión religiosa justifica casi cualquier violación a los Derechos Humanos. Se hace latente, entonces, que como en el Afganistán de la posguerra se reactiven las clases –cargadas de religión extremista– en mezquitas, casas privadas o pocas escuelas que quedan en pie. La guerra, -una mierda– injusta como es, allana el terreno para la radicalización de los menores, que en muchos casos ha sido víctimas de la violencia del régimen. Y sí, sin duda, están hartos.

“Como esto siga así, –los niños de Siria– en cinco años van a ser los mayores hijo de puta que te puedas echar a la cara. Llevan dos años y medio viendo morir personas. El valor de la vida, excepto la suya, se vuelve insignificante”. Son la palabras del periodista Manu Brabo, pero podrían convertirse en las de Ethel Bonet cuando escribe que gracias a la educación islamista, Afganistán –que podría ser Siria– es un semillero de radicales. Y la historia lo ha demostrado: las guerras y sus injusticias son abono de las insurgencias más violentas.

A principios de 2012 Javier Espinosa visitó Idlib. Eran tiempos cuando el “islamismo yihadista en el conflicto de Siria no era más que una hipótesis incipiente”, escribe. “Un doctor de esa provincia no pudo esconder su indignación hacia Europa y EE. UU. Confesó que siempre había sido laico, que incluso hubo un tiempo en el que no rechazaba la bebida, pero terminó con una declaración devastadora: «ahora no hay Al Qaeda, pero si Occidente sigue sin ayudarnos, en pocos meses todos seremos de Al Qaeda».

O en palabras de un comandante rebelde en la Ciudad Vieja, en Alepo: “Todos los musulmanes tenemos un pequeño lugar en nuestros corazones que se llama Al Qaeda porque Occidente nos lo ha grabado a fuego durante todos estos años”.

He ahí a Iraq y Afganistán. Ambos fueron ocupados por los estadounidenses con el pretexto de la lucha contra el terrorismo rampante que encabezaba Al Qaeda. Pero ha pasado más de una década y un proceso de transición de la responsabilidad de seguridad, y ambos países siguen envueltos en un conflicto sectario azuzado por el terrorismo radical. George Bush declaró que se había ganado la guerra –aunque su guerra, no la de los afganos, ni la de los iraquíes–. Porque EE.UU. tuvo armas para ganar una batalla, pero no la paz.

Y aunque las situaciones de ambas naciones sean por mucho tan distintas de lo que pasa en Siria, dejan claro la ineficacia de las políticas de la lucha norteamericana contra el radicalismo. En esta ocasión le tocó a Siria. Estados Unidos decidió mantenerse al margen y abrazar la propuesta Rusa –la de la entrega del arsenal químico a cambio de detener los planes agresivos contra Assad– como un salvavidas que le permitió soslayar una intervención que en realidad no quería.

Javier Espinosa, cita al analista Nahum Barnea: “Cuando le preguntaron a Moshe Dayan (quien fuera ministro de Defensa israelí) sobre un guerra entre dos grupos palestinos en Gaza respondió: déjalos que se maten entre ellos. Esa fue la actitud del presidente Obama hacia la guerra civil en Siria. Había llegado a la conclusión de que el interés norteamericano no se vería favorecido por la victoria de ninguno de los dos lados”.

Por eso es que Occidente no tiembla. Muestra una sonrisa y enarbola la bandera de la victoria cuando anuncia que se ha llegado a un acuerdo sobre el protocolo de destrucción del arsenal químico del régimen sirio. Que se maten los que quieran, que bombardeen y se desangren, pero no más allá de sus fronteras. Las reglas de Occidente son claras: no armas químicas, no mis intereses. La política “doblemoralista” que ya le ha redituado su fama.

Que todo se trata de los intereses de Estados Unidos, sí. Que Assad se perfila, al menos por el momento, como el ganador, sí. Que Siria es un país tan devastado, que ahí lo más importante es la seguridad de los interés de Obama, sí. Que centrar esfuerzos solo en la destrucción de las armas químicas le da más tiempo a Al Qaeda para expandirse y al régimen para matar civiles, sí. Que esta guerra, tras la invasión de Iraq y Afganistán, entrará en la lista de grandes fracasos de la humanidad en el siglo XXI, sí.

Porque treinta y un meses han bastado solamente para dar inicio a una nueva fase del conflicto: la de los más cien mil muertos, la de los radicales, la de las masacres autorizadas (con armas convencionales), la de la derrota occidental mal disfrazada de victoria. La de los sirios que siguen sufriendo, la de los sirios que siguen sufriendo y la de los sirios que siguen sufriendo.

Egipto: El preludio de una guerra

Los mortíferos enfrentamientos entre islamistas y militares en Egipto son apenas el preludio de una guerra. Fueron pocos los días y demasiados los muertos los que hicieron llegar a la conclusión de que la violencia en Egipto apenas comienza. Es en este ambiente de tensión por la escalada de hostilidades entre ambos bandos cuando llega el anuncio del primer ministro interino, Hazem Beblawi, de que el gobierno baraja la posibilidad de desmantelar legalmente a la Hermandad Musulmana, el partido político más grande del país. Un enorme leño seco bañado en combustible y tirado a la hoguera que se extiende por las calles egipcias. Si como dijera el periodista mexicano Témoris Grecko, para los Hermanos Musulmanes cada muerto islamista es un mártir con el que justificar las acciones que decidan tomar, la posibilidad de perder su estatus de legalidad y con ello la posibilidad de tener nuevamente el poder sería un detonante de algo con consecuencias difíciles de medir. Ya dejaron claro, atrincherados en las calles, enfrentados cara a cara con los tanques del Ejército, convocando a siete días más de manifestaciones a pesar de las masacres, que no van a dejar ir tan fácilmente su primera y tal vez única oportunidad de sentarse en la presidencia.

El aspecto de víctimas que hasta el momento ha prevalecido en los islamistas puede desvanecerse en un futuro próximo bajo la represión y la amenaza del desmantelamiento, a la vez que aflorarían medidas más violentas. Esto lo saben los militares y lo saben los interinos. Pero, si sabiéndolo, si con todas las cordiales invitaciones de la comunidad internacional a contener la violencia, si con los más de 500 muertos en menos de una semana, el gobierno aún baraja la opción de desaparecer a la cofradía, esto solo puede significar una declaración de guerra contra los islamistas. Guerra en la que el Ejército y las fuerzas de seguridad pueden abrir fuego con toda la legalidad contra cualquiera que comprometa la paz gracias al estado de emergencia decretado el miércoles pasado.

En un artículo de Reuters se cita al analista político ruso Guerman Yanushevski cuando asegura que para los islamistas solo hay dos opciones: seguir en el poder, sirviendo a EE.UU. o “colocar minas y detonarlas”. Un esquema, agrega el experto, que ya se ha visto en Afganistán e Iraq. Sin embargo, en ninguno de ambos países los grupos insurgentes habían cultivado una capacidad de resistencia semejante a la que la Hermandad Musulmana aprendió a lo largo de casi ochenta años de moverse en las sombras, tejiendo, como explica desde El Cairo el periodista David Alandete, “una sólida red de asistencia social, educativa y médica, organizándose en mezquitas y universidades”.

Tomando en cuenta esta amplia red que se traduce en capacidad de influencia y convocatoria, además del historial salpicado de atentados* que tiene la cofradía, la escaldad de represión puede degenerar en lo que dijo Témoris Grecko en una entrevista para Aristegui Noticias: una “resistencia islámica terrorista”. En el mismo sentido aunque sobre Siria, el periodista Jon Lee Anderson escribió en un artículo que “Al Qaeda –es decir, el radicalismo– prospera en todo vacío de poder”. Vacío que comienza a ver la luz en un Egipto que puede estar corriendo hacia el desgobierno y la guerra civil.

Entretanto, Washington no se pone de acuerdo acerca de qué hacer con la millonaria ayuda que envía a los militares, a los golpistas, sobre los que ya pesan centenas de muertos en menos de un mes. Ellos, la Casa Blanca, pueden esperar y pueden sacrificar las estabilidad egipcia por la seguridad de su único socio no musulmán en la zona, Israel; de todas formas para Estados Unidos siempre habrá tiempo para reconstruir un país.

*Según el experto en terrorismo en Medio Oriente Matthew Levitt, los Hermanos Musulmanes estuvieron involucrados en ataques de Hamás contra objetivos israelíes.

Hamás en la encrucijada

En el recuerdo parece haber quedado el día en que Hamás festejaba la victoria sobre el movimiento fundado por el destacado líder palestino Yasser Arafat. Aquél día de enero de 2006 cuando el pueblo palestino de la Franja de Gaza, cansado de las malas gestiones de Al Fatah, decidió probar suerte con este movimiento islamista. Ahora, a siete años de aquella victoria aplastante y por la vía legal, Hamás parece acorralado por el deterioro de su estabilidad en cada uno de sus frentes: político, económico, social y militar.

La encrucijada de Hamás comenzó al perder parte del apoyo de dos de sus principales aliados, Irán y Hezbolá. El movimiento islamista palestino había condenado la explícita intervención de ambos contra los rebeldes sirios y decidió distanciarse de su socio Asad, al grado de retirar, tras más de una década, su sede central de Damasco. En respuesta, Teherán redujo su subsidio mensual que rondaba los 20 millones de dólares, de acuerdo con estimaciones de ElMundo.es, y que resultaba vital para los islamistas.

Los dirigentes de Hamás afirmaron que apoyaban a Hezbolá en la confrontación contra Israel, pero no la represión del pueblo sirio y la revolución. Además de que el régimen ya comenzaba a tambalearse y, como escribió el corresponsal de LaVanguardia.com Henrique Cymerman, Hamás no podía comprometer la libre actuación de la Hermandad Musulmana en un futuro sin Asad.

El distanciamiento de Irán y Hezbolá no resultó tan perjudicial para los gazatíes, pues por aquellas fechas al sur de su territorio se levantaba victorioso su movimiento madre, los Hermanos Musulmanes, que llegaban a la presidencia de Egipto por primera vez gracias al 52 por ciento de los votos que obtuvo su candidato Mohamed Morsi.

Morsi se presentó para Hamás como una fuente enorme, además que vecina, de beneficios. Su arribo a la presidencia significaba un respiro al bloqueo al que Israel tiene sometido a la Franja de Gaza. En otras palabras: un trasiego más fácil de combustible, materiales de construcción y mercancías básicas (incluidas armas iraníes) a través de los pasos fronterizos y túneles –principales arterias de abastecimiento para los gazatíes–, además de apoyo político y económico directo.

Sin embargo el gusto duró poco. Un año después, el 3 de julio de 2013, Morsi fue depuesto en un golpe de estado por los militares y a su lado cayó también la Hermandad Musulmana. En los días que siguieron a la caída se intensificaron los choques entre militares egipcios y grupos armados en la frontera con Gaza y las fuerzas de seguridad ordenaron el cierre del vital paso Rafah, de cerca del 80 por ciento de los túneles y la demolición de varios de ellos. El golpe ha sido duro y de inmediato Hamás advirtió que aquello “estrangula” al enclave y puede derivar en una crisis humanitaria –más grave de la que ya se padece en la zona por el bloqueo israelí–.

A la pérdida de aliados, se le suma la reciente reanudación de las conversaciones de paz entre la Autoridad Nacional Palestina (ANP) e Israel. Este nuevo proceso, aunque frágil, puede hacer degenerar aún más el estado del movimiento: en primera instancia porque un acuerdo entre ambas partes –enemigas de Hamás– podría significar la unificación de fuerzas en su contra. Mientras que la posibilidad de emprender un nuevo camino hacia la paz –algo a lo que los hamasistas se oponen rotundamente– motivaría la mudanza de sus militantes más moderados hacia las filas de una oposición cada vez más fuerte. Según un artículo de David Alandete para El País, los grupos contrarios a Hamás comienzan a cobrar fuerza gracias a movimientos similares a los que exigieron la destitución de Morsi y que han motivado recientes manifestaciones en la Franja de gaza contra el gobierno integrista. A esto puede responder el hecho de que Hamás haya iniciado una serie de detenciones contra dirigentes y militantes de Al Fatah, según un comunicado de la oposición. Una medida desesperada para contener al bando rival ante el incremento de su propia inestabilidad.

La solución política que podría contribuir a menguar la tensión parece no ser opción para el grupo que encabeza Jaled Meshal desde el exterior. Centralista y no incluyente como se ha mostrado gran parte de su periodo en el gobierno hace difícil imaginar que acepte formar el tan esperado gobierno de coalición con Al Fatah, al que tacha de secular. Cuánto más dado que esto supondría desarmarse y abandonar la política del yihad violento contra Israel, médula espinal de las acciones de Hamás desde su fundación en 1987.

Por eso, aunque por el momento no se puede vaticinar que Hamás a la cabeza de la Franja de Gaza tenga los días contados, sí se puede inferir que, desesperado por retomar estabilidad y asegurar el control, se vea en la necesidad de adaptarse a las exigencias de nuevos o antiguos aliados, a la vez que radicaliza y violenta su actuación contra los movimientos opositores.

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