Viernes de oración… y negocios en Jordania

Eran las once de la mañana y en las calles de Salt no había mujeres. Aquí y allá, en la avenida principal o en los callejones, eran hombres los que le daban un poco de vida a esta localidad del oeste de Jordania. Algunos esperaban –cualquier cosa– bajo la sombra de un árbol, sentados en el parque o recargados en un poste. Otros se encargaban de extender una alfombra roja, larga y polvorienta frente a una mezquita ubicada en la entrada de la ciudad. Varios niños aparecieron por el lugar. Pero ni una mujer.

Era viernes y para los musulmanes, que en Jordania representan el 97 por ciento de los nueve millones de habitantes, los viernes son días de oración comunitaria. Poco antes del mediodía los hombres se congregan en las mezquitas y fuera de ellas para escuchar la prédica del imán y orar. De acuerdo con el Corán, la asistencia es de carácter obligatorio para los hombres adultos; las mujeres, dicen que por recomendación del profeta, realizan el ritual de oración en sus casas.

Con el fin de que nadie pierda la oportunidad de asistir, en los pueblos y ciudades del país los viernes se suspenden el servicio de transporte urbano, las actividades en centros educativos de todos los niveles y en las dependencias de gobierno. Muchas tiendas, talleres y sitios de entretenimiento también permanecen cerrados. De modo que por la mañana, las ciudades dormitan como en un domingo mexicano.

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El mercado luce vacío durante el viernes por la mañana. Foto: Oziel Gómez

El aspecto de Salt, sin embargo, no varía demasiado el resto de la semana. Poco queda del esplendor que poseyó hace más de un siglo. Ubicada junto a la carretera que antiguamente conectaba Ammán con Jersualén, fue utilizada por los otomanos como centro administrativo de la región que hoy forma parte del Reino Hashemita de Jordania. Todo cambió después del fin de la Primera Guerra Mundial, durante el reinado de Abdullah I, bisabuelo de actual rey, cuando se decidió desplazar el núcleo de las actividades económicas y políticas del reino 25 kilómetros hacia el norteste, a la ciudad de Ammán. A partir de entonces Salt comenzó a perder su brillo. Hoy, de vez en cuando, un grupo de turistas o arqueólogos recorren sus calles y sitios más importantes. Pero no en viernes: este es el día especial de adoración.

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Una de las colinas sobre las que fue construida Salt. Foto: Oziel Gómez

La voz del imán sale con un timbre metálico por el altavoz instalado en la punta de un minarete de la mezquita principal. Los hombres que deambulan por las calles aledañas y en los parques se detienen para escuchar la prédica. Guardan absoluto silencio y se limitan a mirar en cualquier dirección. Algunos, muy pocos, se atreven a conversar. Lo hacen con discreción, en voz baja, pues lo que ahora se escucha por la bocina es la lectura del Corán, el libro sagrado del Islam que contiene las enseñanzas de Mahoma recopiladas por sus discípulos después de que murió.

Cuando llega el momento de orar los asistentes sacan una pequeñas alfombras que a continuación desenrrollan y extienden frente a ellos. Algunos, a falta de algo más adecuado, utilizan sus chaquetas. Posteriormente se descalzan y comienzan el ritual de oración. Como lo indica el Corán, lo hacen en dirección al suroeste, hacia La Meca, la ciudad santa y cuna del Islam.

Arrodillados frente a una barbería cerrada, varios niños imitan los movimientos de sus padres. Se inclinan hacia adelante hasta que su frentes tocan el suelo, se enderezan, se levantan y se vuelven a arrodillar. Resulta gracioso notar en sus caras el reflejo de la lucha que libran en su interior entre la reverencia que intentan imitar y la prisa por divertirse típica de la edad. Lo que gana finalmente –incluso en los mayores– es la curiosidad: un grupo de turistas que pasan por el lugar cautiva las miradas de los devotos, que sin embargo no dejan de mostrarse serios. En general, salvo cuando el imán recita algunas suras –versos del Corán–, lo que reina es el silencio, la calma.

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Foto: Oziel Gómez

Son más de las doce del mediodía y el sol cae sobre la cúpula de la mezquita central y se extiende por los techos de todo la ciudad. Ha transcurrido casi una hora desde el inicio de la ceremonia y la voz del imán comienza a sonar con más ímpetu que antes. Se cuela por las ventanas junto a la brisa fresca típica del país, rebota entre las casas de ladrillo sin pintar, sube y baja por los callejones de esta ciudad construída sobre tres colinas. Todo es inundado por los versos que resuenan y resonarán en las mezquitas del todo el mundo a esta hora.

Y entonces, de un momento a otro, termina el servicio. Y entonces, casi de inmediato, Salt se transforma. En pocos segundos, decenas de hombres salen a la desbandada de la mezquita y se riegan por las calles. Los que oraban en los callejones se despabilan y relajan la expresión de sus rostros. El bullicio se impone por nocaut al silencio y se instala en cada esquina y banqueta. Ahora aparecen los vendedores. No han transcurrido más que un par de minutos y ya exhiben sus mercancías acomodadas de cualquier forma y directamente en el suelo: zapatos usados, fundas para celulares y cobijas.

Los clientes, los mismos hombres que segundos atrás oraban en silencio, se agolpan a su alrededor. Parece que es regla básica hablar en voz alta. Altísima. Ofertan, regatean y rechazan las propuestas. Pagan, reciben el cambio y se marchan a husmear en el siguiente puesto. Las alfombras polvorientas han sido sustituidas por mesas y estantes en los que se exhiben frutas, verduras, alimentos y productos de todo tipo. En un instante, la calle se ha llenado de carros, de ruido y –¡oh!– algunas mujeres. Aquí vienen bajando por la calle hacia el mercado tomadas del brazo de sus maridos con el cabello y las orjeas cubiertas por el hiyab. En sus rostros se adivina un discreto entusiasmo mientras son acariciadas por el sol de mediodía.

Minutos más tarde estarán yendo de un lado para otro cargando sus bolsas, revisando con avidez cada anaquel de frutas en busca de la mejor pieza, la más barata, la más dulce. Los comerciantes gritarán con fuerza invitando a todos a pasar. Cada uno hará su oferta y mostrará sus mejores productos. De la calma que imperaba hace unos minutos no quedará sino un recuerdo que terminará por diluirse en el alboroto del mercado.

El final del sermón solo ha marcado el inicio de una febril actividad comercial. La hora de la oración ha sido reemplazada de inmediato por la hora del mandado, de hacer las compras, de surtir la despensa. Salt se ha despabilado. ¡Y de qué forma! Ha dejado claro que bajo el sol, incluso en el viernes más sagrado, hay tiempo para todo: para la oración ferviente y para los negocios.

-Texto publicado originalmente en elbarrioantiguo.com

Las madres del frente

“Hijo, escucha, tu madre está en la lucha!” es un grito contra la desesperanza. Fue el grito de un grupo de madres de desaparecidos que caminaron al frente del contingente que marchó en Monterrey el 26 de septiembre para conmemorar el paso de un año desde la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Es, en otras palabras, un grito de combate. De amor.

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Los ojos de Lulú son negros como su cabello. Son negros y son bellos. Son ojos de madre, hermosos y enmarcados por dos líneas claras de delineador. El día de hoy lleva puesta una camiseta sobre la que se lee pregunta de sus días y sus noches: “¿Dónde están?”. Una duda que se atora en su garganta y se clava en su corazón desde hace cinco años, cuando desapareció su hijo Kristian Karim Dolores Huerta.

Sin tiempo para un adiós, un te amo o un último abrazo, se lo llevaron 12 días antes de que naciera su hijo. “No lo conoció”, comenta Lulú. Así, de un momento a otro, sin previo aviso, ella se quedó sin paz, vacía, y aquél bebé que aún no veía la luz, sin padre.

Este mes, Kristian cumpliría 25 años. “Kristian con K”, aclara Lulú y recuerda el día en que llegó al edificio del Registro Civil con su recién nacido en brazos y un solo nombre en mente: Karim, que en lengua árabe significa “generoso”. El otro nombre fue fruto de ese momento, casi una espontaneidad: Kristian. Kristian con K.

Sentadas junto a Lulú esta tarde de otoño están varias mujeres. Madres, esposas e hijas que al igual que ella forman parte de la organización Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León (FUNDENL). En las gradas de concreto del foro al aire libre de la Alameda Mariano Escobedo, en Monterrey, comparten frituras y refresco mientras esperan que inicie la marcha del Día de la Indignación.

Es 26 de septiembre, y en varias ciudades de México, Estados Unidos y Europa se realizarán marchas y reuniones para conmemorar el paso del primer año desde la desaparición de los 43 normalistas y el asesinato de tres más en Iguala, Guerrero. Es también un aniversario más de la simulación del gobierno.

Y Lulú y las madres de la FUNDENL que marcharán con ella saben bien de simulación gubernamental. Así como saben de esta solidaridad y resistencia que las tienen una vez más aquí, uniformadas con sus camisetas negras, en la calle.

Los indignados de Monterrey

En realidad fueron pocos los indignados que marcharon en Monterrey el Día de la Indignación. Menos de 500 personas se reunieron en la Alameda Mariano Escobedo, ubicada en una de las ciudades más grandes del país. Ni siquiera 500 de los 6 millones y medio de habitantes.

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Anarquistas, comunistas, ferrocarrileros, artesanos, artistas emergentes, integrantes de colectivos de ayuda a migrantes en tránsito por México, familiares de desaparecidos en Nuevo León, maestros, estudiantes y curiosos. En fin, un puñado —muy reducido— de activistas y ciudadanos de todo tipo que comenzaron a llegar al parque desde las dos y media de la tarde.

Durante las próximas horas, la indignación colectiva floreció lentamente entre árboles y curiosos. Lo hizo con las canciones tradicionales y de protesta, las dramatizaciones que eran un intento de reproducir el dolor de no encontrar a un hijo, los foros sobre el fracking y las escuelas rurales mexicanas, la recaudación de firmas para Amnistía Internacional y la venta de artesanías y libros sobre sociología e historia.

De rato en rato, más o menos al unísono, se escuchaba un “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”. La frase se leía también sobre una lona atada entre un árbol y un poste que mostraba además las fotos de los 43 normalistas desaparecidos la noche de Iguala. Frente a esta, un grupo de niños decoraban galletas en forma de letras con las que formaron la palabra “Ayotzinapa”.

Minutos antes de que la marcha comenzara, un hombre de bigote abundante y sombrero de paja pasó al frente, tomó posición ante el micrófono y se dirigió a los asistentes que, aunque dispersos, ya eran más de un centenar:

“Decimos ya basta. No vamos ni podemos olvidar este crimen de Estado. Tenemos que estar claros y conscientes de que mientras existan estas autoridades, esta sociedad basada en la explotación, siempre el poderoso va a querer regar la tierra con la sangre de los más humildes, de los más pobres”.

Antorchas de esperanza
La marcha inicia justo al caer la noche. Al frente del contingente caminan Marta, Raquel, Lulú y otras mujeres de FUNDENL. ¿Cuántos pasos habrán dado ya en busca de justicia esos pares de tenis que llevan puestos? ¿Cuántos les quedan por dar antes de que sus corazones dejen de sangrar?

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Mientras caminan, lloran. Las lágrimas descienden por el camino de tantas veces. Lloran en silencio, casi con discreción. Pero entonces, con una fuerza que enchina la piel, convierten aquel llanto en un rugido, en un grito de amor, casi de combate: “¡Hijo, escucha: tu madre está en la lucha! ¡Hijo, escucha: tu madre está en la lucha!”.

En una mano llevan antorchas con las que iluminan simbólicamente el camino por el que avanzaba la caravana. En la otra, los retratos de quienes les hacen faltan. Hijo, esposo, hermano, padre: todos desaparecidos. Todos esperados. Todos antorchas de estas mujeres invencibles, guías de sus corazones a través del mismo y escabroso camino hacia la justicia que desde hace un año recorren los padres de los estudiantes de la Escuela Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa.

—Ellos —los familiares desaparecidos, dijo Lulú— te tumban y te levantan.

A ella, la ausencia de su hijo Kristian, su desaparición sin tiempo para un último abrazo, la tumbó. Impotente y desgastada, durante varios meses vivió atada a calmantes y somníferos. Sin embargo, fue también él, su recuerdo siempre presente, quien le dio la fuerza para levantarse. Por eso hoy no sólo está en pie, sino que avanza al frente —junto a sus compañeras de lucha— del contingente que marcha rumbo el corazón de la ciudad de Monterrey para exigir justicia.

“Uno, dos, tres, cuatro”, comienzan a contar. Otras voces se suman: “quince, dieciséis, diecisiete… veintitrés, veinticuatro, veinticinco… cuarenta y uno, cuarenta y dos… cuarenta y tres, ¡justicia!”. Y levantan el puño cerrado y gritan todavía más fuerte. Justicia, piden. Al menos eso.

En menos de una hora, el contingente llega hasta la estatua de bronce de un torero, la denominada Plaza de los Desaparecidos. Las madres toman posición frente a las gradas. Mirarlas ahí, aferradas a la esperanza y a una fotografía, es una experiencia tan dolorosa como reconfortante. En medio de la barbarie, contra la que también se marcha esta noche, sus palabras son un oasis de amor y esperanza.

Palabras de una madre en la Plaza de los Desaparecidos
“Estamos indignados con problemas muy grandes, demasiado lejos como Siria, que también duele porque son humanos. Pero nosotros, nuestro México, el país que tanto amo, el que me representa todo lo que soy, está lleno de sangre.

“¿Y saben a qué le apuestan? A que nos cansemos. Le apuestan a que nos hartemos y no salgamos. Le apuestan a que estemos en el futbol, en las televisiones, pegados. A eso le apuestan.

“Es una delincuencia organizada, y nosotros no terminamos de organizarnos. A ustedes, a los militares, a los policías, si también se pierden, los vamos a buscar. Porque no debemos de estar solos; nos faltan muchos, nos faltan muchas, y hay muchos que ni siquiera han sido nombrados por miedo. El miedo nos está hundiendo, ¡y vale más vivir tres minutos de pie a toda una vida de rodillas!”.

—¡No están solas! ¡No están solas! —gritaron los manifestantes.

-Publicado en El Barrio Antiguo.

Beduinos: Amar el desierto

¿Cabe la modernidad entre las montañas y dunas del desierto jordano?

Entre dunas de arena rojiza y montañas rocosas, Faez conduce una vieja y ruidosa Toyota blanca. Cada vez que pisa el acelerador, el motor carraspea y un atrapasueños que pende del espejo retrovisor se agita de un lado a otro. Dos líneas perpendiculares quedan en el suelo y delatan el camino que Faez va creando a su paso por Uadi Rum en el desierto jordano.

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Ante este joven beduino de 26 años no hay ni calles, semáforos o automóviles. Solo kilómetros y kilómetros de arena y rocas que aquí forman colinas, acá mesetas y más allá cerrados cañones en los que se encharca el agua de los escasos aguaceros. En este terreno, que por su inmensidad confundiría hasta al más atento turista, Faez se desplaza sin ningún problema. Sabe a la perfección, por ejemplo, que al pie de esa roca —tan aparentemente igual a las otras— se gira a la derecha. Que luego se avanza por la planicie hacia el norte y en poco tiempo se llega a El Puente, una formación rocosa que bien merece su nombre.

De piel morena y barba escasa, nació y creció en este territorio que su familia ha habitado por más de 100 años. Sus antepasados emigraron junto a otras tribus nómadas desde el centro de la Península Arábiga —hoy Arabia Saudita— en alguna fecha olvidada del siglo xix, cuando Jordania no era sino un territorio más dentro del inmenso imperio otomano. Su familia, asegura orgulloso, sigue siendo una de las más famosas de este desierto.

***

El motor ahoga su rugido, el atrapasueños se sacude y la Toyota se detiene chirriando en la ladera de una duna. Los tripulantes, todos extranjeros, descienden con torpeza y otean el escenario. A pocos metros la arena se vuelve sólida y forma una extensa llanura agrietada y adornada pobremente por arbustos de un verde pálido. Al fondo se elevan afilados peñascos marrones tras los que el sol nace cada mañana. Los colores, las formas, la perfecta combinación que logran con el azul límpido del cielo, crean un cuadro asombroso. He ahí la “serena e impresionante belleza” de la que habló en sus memorias de guerra el general británico Thomas Lawrence al recordar su paso por este valle durante la campaña árabe contra los turcos.

Dos de los visitantes corren hasta lo más alto de la duna. Faez los observa en silencio y se deja caer de rodillas sobre la arena. Se ha quitado las sandalias y sus pies se hunden casi por completo entre los granos pardos. El sol matutino, aún clemente a las nueve de la mañana, proyecta sus movimientos contra el suelo: el cuerpo delgado encorvado hacia enfrente y metido en una túnica negra, la cabeza cubierta con una kufiya rojiblanca y las manos frente al rostro encendiendo un cigarrillo.

El gesto del joven delata más que sólo una cierta pereza matutina. La arena, esos miles de diminutos granos en contacto con su piel oscura, forman el acto más íntimo y cotidiano entre Faez y Uadi Rum. Y él ama el desierto. “It’s my home”, dice. Un hogar de mañanas azules y atardeceres anaranjados, en cuyas noches frías y estrelladas cada año cientos de turistas intentan descubrir esa sensación mágica, única, sobre la que tanto han escuchado.

Pero ni magia ni belleza. Lo que Faez ama es la paz que el lugar transmite. Por las mañanas una ligera brisa, que quizás se desprende desde el golfo de Aqaba, agita los arbustos con suavidad y provoca ese siseo discreto que llega hasta los oídos mientras se camina en silencio sobre la arena. Si acaso un ave o un escarabajo con prisa interrumpirán la escena inmóvil. Luego, sólo la paz. El desierto puro.

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Comparado con esto, la ciudad, sus líos, ritmos y sonidos, a Faez le parecen, como él mismo lo dice, “algo horrible”. Por eso no, no quisiera mudarse a la urbe. Cambiar arena por pavimento, montañas de piedra por edificios de acero y cristal, planicies polvorientas por caóticas avenidas rebosantes de coches, no es una opción.

Mientras que su hermano se unió al ejército, él prefirió quedarse en Uadi Rum. Conocía de sobra el terreno y eso bastaba para convertirse en guía turístico. De todos modos, comenta, aún sin la formación militar que sí recibió su hermano, él está listo para pelear por este territorio si llega a ser necesario.

—Los beduinos —comenta en un inglés fluido, consecuencia del trato diario con extranjeros— son valientes, y van a luchar contra quien ataque su lugar.

Y así lo han hecho. Hace ya casi cien años las tribus beduinas de este desierto pelearon contra los turcos en la guerra árabe de independencia en las filas del Ejército Árabe del Norte bajo el mando del príncipe Feisal, hijo del jerife de La Meca. En esa lucha por la libertad y por la tierra que hoy habita muchos miembros de la familia de Faez murieron. Pagaron con sus vidas el precio de habitar la tierra que amaron.

***

Es hora de marcharse. Al subir de nuevo a la camioneta, Faez saca de la bolsa de su túnica un smartphone. Lo lleva consigo a pesar de que aquí la señal es por lo general deficiente o nula. Un beduino con un teléfono inteligente: quizás la imagen menos probable en la mente occidental cuando se habla de los moradores del desierto. Y sin embargo, retrata más o menos bien la realidad.

—La gente piensa que no conocemos, pero sí. He estado en muchos lugares y sé lo que pasa afuera —reflexiona mientras conduce de vuelta al pequeño poblado donde él vive.

La localidad se llama Rum Village y es un laberinto muy simétrico de calles polvorientas y casas de una planta con bardas descarapeladas y portones oxidados. Fue construida en el valle que separa dos largas cadenas de montañas rocosas y cuenta con una clínica —ambulancia de la Media Luna Roja y doctor— y varias tiendas de enseres básicos. Las antenas de televisión satelital y teléfono instaladas en los tejados hacen pensar que después de todo aquí no se vive tan, al margen de lo que llaman modernidad.

Es cierto: los de la vida nómada han adoptado desarrollos tecnológicos de las comunidades sedentarias. Ya no van de aquí para allá en busca de mejores tierras y fuentes de agua. Terminaron por modernizarse, sí, pero sin dejar, ni siquiera un poco, este amado desierto. Por las noches, aunque su cuerpo esté bajo techos de hormigón, cables y antenas, su espíritu duerme afuera, a la intemperie, cubierto por un manto de estrellas.

Insha’Allah —“Si Dios quiere”—, en unos años serán los hijos de Faez quienes jueguen en estas calles y cuiden las cabras en las afueras del pueblo. Será así hasta que sean capaces de decidir el rumbo de sus vidas. Desierto o ciudad, arena o pavimento, casas de una planta o edificios de varios niveles. Uadi Rum, como él lo hizo, o no. Y este beduino de pocas palabras está convencido de que es una decisión que sólo ellos podrán tomar.

Pero es mejor no anticipar las preocupaciones. “I dont know about the future, my friend”, dice con serenidad. Y no saber no le molesta en lo absoluto. Lo único seguro es el hoy: el valle, visitantes y noches estrelladas junto a una fogata en el campamento para turistas. ¿Y mañana? El mañana traerá lo suyo inevitablemente. Tan inevitable como lo es en este momento el final del recorrido con Faez. Como el apretón de manos y el “maasalam –adiós–” con que nos despedimos. Como su amor por Uadi Rum, el desierto que habita.

-Texto publicado el 26 de septiembre en la edición No. 122 de El Barrio Antiguo.

Ser guía de migrantes en zona de zetas

De aquel año Said solo conserva un recuerdo y la seguridad de que jamás volvería a involucrarse en el negocio.

A sus veintidós años Said ha viajado tantas veces sobre La Bestia que ni siquiera hace el intento de recordar cuántas. No vale la pena el esfuerzo, sabe que aunque lo haga no podría atinar un número aproximado. Como si las escenas de aquel año de horas y horas a bordo del tren hubiesen formado en su memoria una sola fusión ahora imposible de separar y cuantificar.

Platica con soltura, con confianza, mientras vigila el puesto de dulces mexicanos ubicado en el centro de Monterrey en el que trabaja. En su semblante risueño y su actitud despreocupada no se adivinan los dos mil 500 kilómetros que lo separan de su casa y de su familia. De su Honduras natal. Su rostro de adolescente hace difícil imaginar que hasta hace seis meses todavía recorría algunos puntos de la Ruta del Golfo guiando a otros migrantes centroamericanos a través del territorio controlado por Los Zetas.

Entró al negocio sin pretenderlo, por pura casualidad. Tenía entonces diecinueve años y recorrida la mitad del trayecto entre su país y su sueño: Estados Unidos. Se albergaba en la Casa del Migrante “La Sagrada Familia” en la ciudad de Apizaco y, aunque hacía poco tiempo que había salido de su casa, deseaba tomar un descanso antes de continuar con el viaje.

Por aquellos días también estaba de paso por el sitio un mexicano. Uno que no soñaba con la vida al otro lado del río Bravo, que podía pagarse un cuarto de hotel más que decente, pero que había decidido hospedarse en el albergue como parte de un viaje de negocios.

Coincidieron durante la estancia en el lugar y no fue necesario mucho tiempo para que Said se ganara la confianza de aquel hombre. De este modo se enteró de la rentable empresa familiar que operaban él y su esposa, la señora R, también mexicana. Que aquello dejaba dinero, mucho. Y mucho más fácil que en esa patria lejana en la que familiares y conocidos adornaban las paredes de sus casas con títulos universitarios estériles. Y mejor aún: que había un puesto para él.

Quizás fue la seguridad con que habla lo que convenció al hombre de ofrecerle trabajo a un joven extranjero recién graduado de la preparatoria. Además del hecho de que siendo Said también un migrante, paisano de tantos otros viajeros, podría ganarse con mayor facilidad las confianzas en un camino donde la desconfianza es regla básica de supervivencia.

La dinámica laboral parecía sencilla: viajaría al menos una vez por semana hasta algún paso obligatorio para los migrantes centroamericanos en el sur de México (un albergue, las vías del tren o La Bestia misma) y se mezclaría con ellos. Luego se dejaría llevar por el viaje como uno más. Fingiría el miedo, la preocupación, hasta encontrar el momento adecuado para ofrecer, con discreción, su servicio como guía y el de su jefe como coyote.

Una vez cerrado el trato, apuntaría los nombres, los teléfonos, haría las llamadas correspondientes y esperaría el pago en tres partes. Hasta la ciudad de Houston, en Texas, serían tres mil 300 dólares. La frágil seguridad de cruzar indemne el territorio mexicano costaba en esos días alrededor de 40 mil pesos mexicanos por persona. Poco más de 37 mil para el bolsillo de la señora R y el resto para la otra “empresa”, la que controla realmente la ruta: Los Zetas. Si estos últimos aparecían en el camino, bastaría con telefonear a R o a su esposo para confirmar que las cuotas y convenios por llevar “pollos” se cumplían. Y listo, a continuar con el viaje.

Said aceptó.

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Pasaron un año y cientos de kilómetros de vías, carreteras y migrantes de los que Said no volvió a saber nada. El dinero llegaba a sus manos como nunca antes. Hasta 50 mil pesos en una sola semana. Una cifra que él no habría ganado ni en un mes de trabajo duro y legal en su país. Pero llegó aquel diciembre y aquella noche en el centro del estado de Veracruz, zona de zetas.

Era de madrugada y Said llevaba varios “pollos” a bordo del tren. Al llegar a Medias Aguas, como siempre lo hacía, el maquinista disminuyó la marcha hasta detenerse. A continuación todo pasó rápido. Las luces de varias linternas rompen la oscuridad y golpean las pupilas. Hay gritos, voces que les ordenan bajar de inmediato. Insultos. Otra vez la luz contra el rostro. Están rodeados. Hay amenazas y un nudo en la garganta. La respiración se acelera.

Debe ser un malentendido: la jefa cumple, R siempre paga. La noche parece más oscura cuando las pistolas miran a los ojos, al pecho. Y es una mirada que puede penetrar la piel y la vida en cualquier momento. Pero Said logra hablar con el jefe de la zona. Lo cierto es que nada cuesta deshacerse de aquel guía de migrantes en medio de esa nada, aunque, por otra parte, doña R sí ha cumplido los tratos. Entonces el líder dice algo como un “dejen que se marche”. Y aquellas palabras normalizan la respiración y deshacen el nudo en la garganta de Said. Las armas desvían la mirada.

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Aun así hace falta un cigarro. Y otro, y otro más. Una cajetilla entera para calmar los nervios crispados, las piernas trémulas. Sin embargo, no son suficientes para que a Said le vuelva el gusto por aquel trabajo que deja dinero. Y aquella fue la última vez que viajó en el tren y que guio migrantes indocumentados en zona de zetas. Varios días después llegó a la ciudad veracruzana de Tuxpan, en la costa norte del estado. Lejos de Medias Aguas, de La Bestia y de doña R. Durante un mes trabajó como lavacoches y disfrutó los atardeceres anaranjados desde la orilla del río. Luego decidió seguir su camino hacia el norte.

Seis meses más tarde, sentado frente al puesto de dulces en pleno centro de Monterrey, mientras recuerda aquellos recorridos por la Ruta del Golfo, dice que al coyotaje nunca lo vio como tráfico de personas. Y aunque el gobierno de Estados Unidos proteste, para él no es otra cosa que “una ayuda” que les ofrecen a los viajeros centroamericanos sin papeles. Eso sí, una ayuda que le dejó ganancias de hasta 50 mil pesos semanales. Ni hablar de la señora R. Ni hablar de Los Zetas.

De todos modos tampoco duda en afirmar que el suyo era el bando de los coyotes buenos –cuando era posible tal distinción–, cuyos empleados, a diferencia de otros, no inventaban o exageraban los riesgos del camino ni ordenaban el asesinato de algunos migrantes para espantar al resto y ganar clientes. Se limitaban, según cuenta, a recomendar al coyote y sus guías, entre los que figuraba él.

Sin embargo, después de tres años en México y tantos viajes y migrantes guiados ni ha conseguido llegar a Estados Unidos ni le queda un peso en la bolsa. Solo un recuerdo todavía fresco de aquellos días y la seguridad de que jamás volvería a involucrarse en el negocio. Aunque haya dinero y un puesto para él.

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Porque aún sueña con llegar a Estados Unidos. Con un trabajo y un salario que le permitan construirse la vida por la que dejó su país. Con que la señora mexicana que le prometió pagar los servicios de un coyote que lo ayude a cruzar el río Bravo, cumpla su palabra y lo haga pronto. Porque le dice que falta poco, que será el otro mes y entonces Said cuenta las semanas, los días y finalmente las horas. Su rostro se ilumina cuando dice “ya me voy” y cada vez que se imagina al norte de la frontera. Pero algo sale mal –siempre es ese “algo”– y de vuelta a tachar los días que pasan al pie de un puesto de dulces tradicionales de un país que no es el suyo. De un lugar donde ya no quiere estar.

Ojalá que esta vez sí se haga, piensa. Porque volver a Honduras no es una opción. No lo haría ni aunque estuviera loco. Y en la mirada de Said se asoma por fin un rastro de seriedad, de pesadumbre. “No, ni loco”.

-Texto publicado en la edición 117 de El Barrio Antiguo.

Cisjordania: Viernes de oración… y protesta

En Bil´in, un pequeño pueblo palestino al noroeste de Ramala, los viernes no solo son para acudir a la mezquita y orar. Desde hace una década residentes y activistas extranjeros organizan manifestaciones y actividades de resistencia pacíficas para exigir el fin de la ocupación israelí. Pero los viernes en este pueblo, desde hace diez años, terminan oliendo a gas lacrimógeno.

La lluvia comenzó a caer sobre las colinas de Cisjordania a mediodía, justo después del servicio de oración en la mezquita. Ligera y fría, encharcaba las calles y los patios, las colinas y los olivares. A esa misma hora, en el pueblo de Bil’in un grupo de hombres avanzó por la carretera maltrecha que conduce al muro de separación israelí. Caminaban deprisa, ondeando un par de banderas palestinas que se empapaban poco a poco.

“¡One, two, three, four, ocuppation no more!”, gritó con fuerza uno y de inmediato los demás hicieron eco de sus palabras. Detrás de ellos dos jóvenes bloquearon el camino con piedras que apenas si pudieron empujar. “¡From Jericho to the sea –sonaron otra vez las voces–, Palestine will be free!”.

Colina arriba, en la Freedom Street, una decena de soldados israelíes esperaban apostados junto a sus jeeps a mitad de la vía. Como en ocasiones anteriores las municiones de gas lacrimógeno y balas de goma ya estaban listas.

Pero el grupo avanzaba rápido, seguido por algunos activistas extranjeros, resuelto en su intento de llegar y manifestarse ante la barrera de ocho metros de altura. Al frente caminaba Abdallah Abu Rahma, miembro del Comité de Coordinación de Resistencia Popular. Llevaba una bandera palestina en la mano y el recuerdo aún fresco de la muerte de su colega el ministro Zaid Abu Ein luego de ser agredido por un soldado israelí un mes atrás. 

¡Occupation no more!”, gritó otra vez Abdallah y su voz se perdió entre las detonaciones de los rifles lanzagranadas. Varias latas de gas surcaron el aire dejando su rastro de humo y se precipitaron sobre el camino. Pero este antiguo maestro de preparatoria no se ofuscó. Tampoco cuando el grupo que antes lo seguía empezaba a retroceder. Aun así, avanzó varios metros solo y más adelante se desvió a un costado de la carretera cuando ya volvían a hacer eco los disparos.

***

Era viernes de protesta en Bil’in. Este pueblo de dos mil habitantes a veinticinco kilómetros de Ramala que se hizo famoso por su resistencia no violenta, pero sin tregua, al muro-valla con el que Israel pretendía resguardar sus nuevos asentamientos en territorio palestino y que pasaba por mutilar 235 hectáreas del terreno cultivable de la villa.

Las protestas comenzaron en febrero de 2005 después de que los primeros olivos y almendros cayeran bajo las excavadoras israelíes. Videos y fotografías de aquellos meses muestran a decenas de hombres y mujeres, ancianos, jóvenes y niños, avanzando por las angostas calles del pueblo y reunidos en los olivares. Un día gritan consignas en contra de la construcción del muro, otro azotan ollas y levantan fotos de Gandhi y Martin Luther King. Los primeros gestos de este movimiento popular fueron diarios y concurridos.

Sin embargo, como recordó un habitante de Ramala, cada vez fue más difícil mantener las protestas sin que interfirieran con las actividades laborales de los residentes. Además la represión de los militares israelíes, aun varios kilómetros dentro del territorio palestino, se había vuelto insufrible. Ni la presencia de activistas extranjeros y medios internacionales los disuadía. Los heridos y arrestados se contaban por decenas cada semana.

Foto: Oziel Gómez Pérez

Por eso acordaron dejarlas para los viernes (día de oración para los musulmanes), todos y cada uno de ellos, y a cargo del entonces recién creado Comité de Coordinación de Resistencia Popular. La cita: cuando el sol está en su punto más alto, justo después de la jutba, la prédica del imán en la mezquita.

***

Antes de que los militares dispararan la siguiente carga un joven con botas pantaneras se desprendió del grupo y corrió hacia las latas humeantes. Apretaba en su mano dos cuerdas delgadas atadas a los extremos de una banda corta de tela: una honda artesanal.

Con movimientos rápidos acomodó el bote en la bolsa del milenario instrumento mientras el gas lo envolvía y se colaba por los pliegues de su ropa. Levantó la mano a la altura del hombro de modo que las cuerdas colgaron a sus espaldas. Una, dos, tres vueltas, el brazo extendido, los dedos soltando uno de los chicotes y “zuuuuuum”, sonó la munición al partir el aire y dibujar en él una línea blanca en dirección a los soldados.

“Chaac, chaac, chaac”, respondieron los rifles al escupir una nueva ronda. El grupo retrocedió aún más al ver la lluvia de envases metálicos que se avecinaba. Abdallah tuvo que inclinarse hacia un costado para esquivar el impacto de uno. Gas aquí, gas allá y en menos de un par de minutos la cima de la colina y el resto del camino quedaron difuminados tras una cortina de vapor. El aroma irrespirable que desprendía no era nada nuevo. Durante los últimos diez años a eso terminaban oliendo sus intentos de manifestación pacífica.

Un par de jóvenes con máscaras antigás desenrollaron sus hondas y se sumaron a la tarea de devolver los botes. Resultó casi imposible. La cortina ya era un muro denso que impedía ver más allá de unos cuantos metros. Empeñarse en limpiar el camino los dejaría expuestos a cualquier nueva ofensiva de los soldados. Por eso se abrieron paso entre el olivar y su aire todavía límpido y rastrearon el suelo lodoso en busca de piedras.

Ahmad fue el último en salir de aquella neblina. Protegido por una máscara y con la kufiya –el pañuelo tradicional palestino– al cuello, su imagen contrastó con el vapor blanco a sus espaldas. Las detonaciones volvieron a hacer eco. A su derecha, entre los olivos sin aceitunas, miró el gas elevándose con pereza y a sus compañeros corriendo a tomar los botes recién caídos. Se ajustó la kufiya y se desvió hacia ellos. Brincó una barda baja de piedras y sus botas pisaron sobre el suelo encharcado y fértil.

***

Otra nube se elevó en el olivar contrario. Un segundo escuadrón de militares se había apostado al inicio de una vereda de tierra que conectaba con el camino principal y desde ahí disparaba granadas de gas y balas de goma. En el extremo opuesto, a no más de cincuenta metros, el follaje de un árbol servía de escudo a otro grupo de jóvenes que intentaban repeler la ofensiva.

Foto: Oziel Gómez Pérez

No eran más de una decena los que recibían la gaseada y solo un par de ellos iban protegidos con máscaras. La mayoría se cubría la cara con pañuelos o bufandas que solo alcanzaban para retrasar el paso del gas. Este se movía lento e insoluble alrededor, apenas movido por la brisa débil de aquél día lluvioso de invierno.

Sus efectos eran inmediatos desde el primer contacto. Irritaba los ojos hasta volver imposible la visión y contener las lágrimas; cada inhalación escocía la garganta, obstruía los pulmones y provocaba espasmos que casi llegaban al vómito. Obligaba a buscar un respiro en el aire puro cada vez más difícil de encontrar.

Aquél no era un buen día para hacer frente a los militares, y de eso los muchachos habían estado seguros desde antes de comenzar la marcha. El ejército israelí nunca había dudado en hacer llover gas ante cualquier intento de manifestación y aquella tarde sin viento haría falta mucho tiempo para que la neblina lacrimógena se disolviera.

Sin embargo, ninguno se había retirado. Ni siquiera minutos más tarde cuando el gas apenas si les permitía respirar. Todo lo contrario: una vez tras otra, luego de reponerse, con los ojos enrojecidos y mientras los soldados no amagaron con avanzar, los jóvenes mantuvieron su posición.

***

Ahmad corrió a recoger una lata que recién había caído detrás de un olivo. El humo brotaba con rapidez por ambos extremos del bote mientras él intentaba acomodarlo en la bolsa de su honda. En pocos segundos, solo sus manos y sus botas fueron visibles tras la niebla blanca. El ardor de piel que provoca la exposición directa a aquel vapor no tardaría en aparecer.

Dos círculos blancos en el aire y un “zummmm”. Pero no hubo tiempo para mirar el destino del proyectil, pues en aquél momento otro más impactó a pocos metros y Ahmad se apresuró a hundirlo de un pisotón en el fango. El gas se extinguió poco a poco.

No resultaba fácil para el trío ir de aquí para allá intentando devolver tantas latas como caían. No eran la misma cuadrilla de más de una docena de jóvenes y adolescentes que el viernes anterior habían plantado cara a los soldados en la misma colina. Además, sus proyectiles, ya fueran piedras o botes de gas, en realidad pocas veces alcanzaban la distancia mínima como para representar una amenaza para los soldados. Estos controlaban fácilmente sus movimientos desde la cima.

En cambio, las balas de goma –o mejor dicho, esferas de metal cubiertas por una capa de caucho– dirigidas por miras telescópicas, los hacían saltar y cubrirse la cabeza con las manos, agazaparse tras una roca o un olivo, o bien, dejar escapar un grito de dolor. Si se trataba de la lanzadera del jeep tenían que estar listos para correr. Aquella cosa podía escupir en una sola tanda hasta catorce latas capaces de alcanzar más de la mitad de la colina e inundarlo todo de gas en cuestión de segundos.

Por eso el resto del grupo y los activistas se habían replegado hacia las primeras casas del pueblo. Desde ahí permanecían pendientes de Abdallah, que tras cruzar solo la ladera se había plantado a mitad de un sendero muy cerca de los jeeps y ahora ondeaba la bandera palestina. No había manifestación en que esta no flameara agitada por su mano. “… tanto como dure la ocupación –escribiría después en un artículo publicado en el diario israelí Haaretz– mi bandera ondeará alta como un símbolo de la continuidad de la lucha por la liberación”.

***

Dos muchachos de rostros infantiles cruzaron el olivar y se unieron a él. No tardó en caer una granada aturdidora cuyo estruendo rebotó hasta el otro extremo del monte. Todavía les dio tiempo de lanzar algunas piedras hacia los jeeps antes de que los soldados de a pie avanzaran. Entonces no hubo más remedio que echar a correr.

Las balas de goma zumbaron suavemente al romper el aire. Uno de los jóvenes dejó escapar un grito de dolor y con la mano en la parte trasera de la pierna siguió avanzando torpemente entre las rocas. No podía detenerse.

Ser arrestado por soldados o policías fronterizos israelíes y acusado de lanzar piedras podría significar una pena de varios meses de cárcel. Por esa razón principalmente, alrededor de 1,300 menores de edad palestinos habían sido detenidos a lo largo del 2014 en Cisjordania y Jerusalén Este, según un informe de la Misión Permanente de Observación del Estado de Palestina. El mismo Abdallah había purgado una pena de dieciséis meses en la prisión israelí por su papel en la organización de actividades de resistencia pacífica y en menos de un mes recibiría una nueva condena.

Aún con eso, ahí estaban él y aquellos jóvenes un viernes más. Porque aunque el tramo de valla que motivó la resistencia popular fue declarado ilegal por la Corte Suprema israelí en 2007 y reubicado cuatro años más tarde, solo recuperaron 110 de las 235 hectáreas usurpadas. Sin embargo el logro fue a medias: hoy pueden labrar y cosechar en los terrenos devueltos, pero tienen prohibido construir pozos y cualquier tipo de estructura.

Además, el peso de la ocupación no disminuyó. Alrededor de Bil’in los asentamientos ilegales proliferan con evidente ventaja –son al menos tres los que iluminan las colinas vecinas por las noches– y el ejército israelí mantiene los bloqueos carreteros, las redadas nocturnas y detenciones de activistas en todo el territorio palestino.

Pero ellos tampoco han dado respiro. Ni viernes sin protesta ni mes en el que una voz no exija el fin de la ocupación israelí. Y así han pasado una década y alrededor de 520 manifestaciones y otras tantas acciones de resistencia no armada cuyos logros han contagiado el espíritu a otros pueblos en Cisjordania. Y que por eso Bil’in sea considerado como el “Gandhi palestino”, llena de orgullo y motivación a Abdallah.

–Bil’in se ha convertido en un referente de la resistencia y no podemos detenernos –comentó una tarde mientras esperaba el inicio de una junta en la oficina del comité en Ramala–. Vamos a resistir hasta que tengamos nuestro derecho de vuelta.

***

Los militares se retiraron cuando ya no llovía. Al verlos marchase los muchachos enrollaron sus hondas y se descubrieron el rostro. A esa hora Ahmad solo pensaba en tomar un baño y acabar así con el intenso ardor de piel que le había provocado el gas.

A sus espaldas, en el paisaje, quedó el rastro del encuentro. Decenas de cubiertas de cartón y tapas de plástico esparcidas a ambos lados de la Freedom Street; granadas y latas vacías, pedazos de caucho, regados por toda la ladera y un aire fresco mezclado con gas que todavía lastimaba los ojos.

A ese lugar regresarán el próximo viernes cuando termine el servicio de oración en la mezquita y el sol esté en su punto más alto. Caminarán hacia el muro ondeando las banderas palestinas aunque los reciban con gas lacrimógeno y balas de goma. Aunque los amenacen con varios meses en prisión y pese a sus esfuerzos la ocupación israelí no termine. De todos modos, por el mismo camino maltrecho, como desde hace ya diez años, ellos volverán y volverán y volverán.

-Publicado en Lado B.

Aquí la galería de fotos de la jornada.

Las cicatrices del mundo

Desde el Monte Nebo, al oeste de Jordania, la belleza del paisaje y el atardecer contrastan con el recuerdo de las batallas que en el último medio siglo libraron aquí las naciones vecinas por defender las fronteras creadas por políticos británicos y franceses.

Después de cruzar la localidad de Madaba, dejar atrás sus tiendas de alfombras y mosaicos y conducir al oeste por una carretera entre prados floreados donde las familias se reúnen a disfrutar la primavera y los niños vuelan cometas de colores, se llega al Monte Nebo. Y desde su cima, el paisaje sorprende.

Ante el viajero se extiende el Valle del Jordán. Una fértil planicie a 400 metros bajo el nivel del mar que separa la cadena de montañas y mesetas del oeste jordano de las colinas palestinas. Se muestra lleno de vida y verdor, como si el invierno que apenas pasó nunca hubiera llegado. Lo iluminan los últimos rayos del sol, que a esta hora de la tarde es una esfera anaranjada que ya desciende hacia el horizonte. También reciben sus destellos las aguas tranquilas y saladas —330 gramos de sal por litro— del Mar Muerto, y más al norte, el milenario y todavía verde oasis de Jericó, la ciudad continuamente habitada más antigua del mundo.

Según el relato bíblico, fue en este monte y ante este paisaje que murió Moisés, el venerado profeta de musulmanes, judíos y cristianos. El panorama aquel día, hace más de 3 mil años, no debió de ser menos cautivador que este de las tardes del siglo xxi. Pero sí más duradero.

Porque conforme la tarde cede el paso a la noche, y aunque se deshace en destellos violetas y anaranjados, en hermosas siluetas, el paisaje comienza a perder su encanto. Diminutas luces inmóviles aparecen lentamente entre ambas cadenas de montañas. Su brillo aumenta con la caída de la noche, hasta que forman una perfecta hilera de focos que nace cerca de la playa del mar y avanza paralela al Río Jordán hasta perderse en la distancia. Es la frontera. Resulta ya imposible admirar el paisaje y no advertirla.

Los relatos de quienes recorrieron la zona entre la mitad del siglo pasado y la década del 70 ofrecen una idea de la cantidad de problemas que esta línea, su ubicación y trazado, ha causado a los habitantes de ambos lados. Y aunque desde la distancia luce insignificante, recuerda la incómoda facilidad con la que parece que se crean las fronteras.

Sobre las jordanas, líneas casi perfectas, el presidente británico Winston Churchill escribió: “Creé Jordania con un trazo de mi lápiz una tarde de verano en El Cairo”. Y a partir de entonces, en más de una ocasión durante las tres décadas posteriores, las tropas jordanas, palestinas e israelíes se enfrentaron en el escenario que se extiende frente al Nebo. El objetivo: controlar la frontera.

Y entonces perturba más la prontitud con la que, por mantenerlas, quienes antes eran buenos vecinos se juraron odio y lo llevaron hasta a las últimas consecuencias. Pues las fronteras, en el peor y más común de los casos, también dividen la razón. ¿O es que la razón se dividió primero?

Hoy, con la línea definida y respaldada por la comunidad internacional, un complicado sistema fronterizo controla el paso, la lista de restricciones y requisitos para cruzar es larga y las sociedades continúan enfrentadas, al menos en espíritu. Nunca en la historia de la humanidad cruzar la frontera resultó tan complicado como en nuestro siglo xxi. Hacerlo, en muchas ocaciones, es todo un logro.

Pero, ¿cuándo surgió esta necesidad de marcar una división así de clara y firme, una barrera que mantenga a raya al otro? ¿Y quién es ese otro? ¿Es acaso tan malo que la vida resulta imposible sin una barrera que lo excluya o una ofensiva militar que asegure su permanencia en el otro lado? ¿Desde cuándo es tan peligroso dejarle entrar y compartir suelo?

“He aquí por donde escapa la energía del mundo”, concluyó el periodista polaco Rizyard Kapuscinski luego de visitar la muralla China y dejarse admirar por su extensión, arquitectura y aún más por los cientos de años que dedicaron a su construcción. Pero no solo energía —no todas implican un trabajo como el de los constructores chinos—, también ha sido un derroche de oportunidades. En el mundo árabe las fronteras artificiales definidas por las potencias europeas al finalizar la Primera Guerra Mundial separaron por fuerza a pueblos vecinos y los condenaron, entre otras cosas, a un desarrollo aislado. Bastaron un par de décadas para extinguir las chances de establecer redes de cooperación que muy seguramente les hubieran dado mucha de la estabilidad y fuerza que hoy necesitan.

Cuando más tarde intentaron derribar el muro y levantar el puente —como en el caso de la efímera República Árabe Unida—, resultó imposible. Se toparon con nuevas y más infranqueables barreras: las de la mente, las ideológicas.

Y ni hablar de la cantidad de vidas que se han perdido —y se siguen perdiendo— en la tarea de marcar y defender territorios. Las fronteras jordanas, como todas las de Medio Oriente, fueron creadas por unos en lo que tarda un rayón de lápiz y defendidas por otros con la propia vida. Más de 300 soldados jordanos e israelíes murieron en sólo una de las batallas que se libraron en el Valle del Jordán.

En otra ocasión, al pie de las mismas colinas, el paisaje era desolador: “Caminos bloqueados con camiones, jeeps y todo tipo de vehículos volcados, destartalados, abollados y todavía humeantes, emitiendo ese olor particular de metal y pintura quemados por las explosiones, un hedor que sólo la pólvora puede crear”. Así describió el rey Hussein de Jordania el panorama del 5 junio de 1967. Aquella noche, dijo, fue el infierno. Tuvieron que pasar 46 años y otras tantas víctimas antes de que ambas naciones firmaran un tratado de paz.

Y al final de la jornada, de pie ante un valle sembrado de muertos, ¿se habrá ganado o conservado un territorio mayor que la humanidad que se perdió? ¿Suficiente, acaso, para curar la herida en el alma de las sociedades enfrentadas? Porque parece que las fronteras corren por el mundo partiendo ciudades y montañas, ríos y bosques, dibujadas a detalle en los mapas como cicatrices mal sanadas, reflejos de las que aún sangran en la razón humana.

¿Qué pensaría el viejo Moises si pudiera contemplar este paisaje una vez más? Quizas, entre el asombro y la pena, balbucearía los versos quiméricos de John Lennon:“Imagine there’s no countries… Imagine all the people sharing all the world”. Y entonces, tras cerrar los ojos y dar el último suspiro, se marcharía anhelando un mundo sin fronteras, ni muros. Sin cicatrices.

-Publicado en El Barrio Antiguo.

Un abismo más allá de Petra

Mientras, solo y sin posibilidad de retorno, se daba de topes ante una cultura hindú impenetrable y aparentemente incomprensible para el extranjero, el legendario periodista Ryszard Kapuściński llegó a la conclusión de que la llave para entrar a ella “sólo lo podía facilitar la lengua”. Más de medio siglo después, un paseo por Petra, al sur del Reino Hachemita de Jordania, me lo dejó muy claro.

El sol lastimaba los ojos y enrojecía la piel de los caminantes. Las rocas y la arena cubrían los alrededores y proyectaban contra sus cuerpos un calor intenso. El recuerdo del último amanecer en Wadi Musa —los primeros rayos solares perfilando las colinas y el valle entero acariciado por un viento fresco y el canto del almuédano llamando a la oración— se disipaba en aquel desierto del suroeste jordano. Avanzaban por una vereda que serpenteaba entre colinas áridas y una cadena de montañas rocosas cuyas tonalidades variaban caprichosa pero hermosamente entre el rosa y el marrón. De vez en cuando alguno miraba hacia atrás para calcular la distancia que habían caminado desde de las legendarias ruinas de Petra.

Antes de que cubrieran la mitad del trayecto hacia la montaña más alta del valle, los alcanzó una niña montada sobre un asno. Iba descalza y vestida con un hiyab café que le cubría por completo el cabello y las orejas. No aparentaba más de trece años, sin embargo, era capaz de moverse sin problemas en aquel sitio.

Hello —dijo con una voz dulce e infantil que contrastó con lo rudo del desierto árabe—. Where you go? (sic).

Aaron’s tomb —contestó uno de los caminantes sin detenerse.

La niña balbuceó en inglés algo que no todos entendieron. Después guardaron silencio y, como un bloque de esas mismas rocas marrones que los rodeaban, la barrera del idioma se interpuso entre ellos. Las miradas se encontraban, pero sólo transmitían la incapacidad para decir algo más. Ni ellos en árabe ni ella en inglés. Así continuaron caminando mientras la pequeña los seguía a poca distancia, acuciando al asno con chasquidos. Aquel día, cada paso y cada golpe de sol hacían surgir dudas insolubles.

¿Cuál era el nombre de esa pequeña de ojos negros? ¿Qué edad tenía? ¿Cómo era su vida en ese sitio que convocaba a miles de turistas cada año? Era una niña, ¿con qué soñaba? ¿Qué se robaba su imaginación mientras caminaba sobre aquellas colinas quemadas sin piedad por el sol? ¿Deseaba ser doctora, artista o maestra? ¿Acaso arqueóloga? ¿A qué jugaba? ¿A las escondidas entre las rocas que cubrían el lugar? Tal vez prefería dar un paseo montada en el asno. Y por las noches, ¿le gustaba mirar las estrellas? ¿Se emocionaba cuando alguna brillaba al cruzar el cielo en un instante?

Probablemente su madre y sus hermanos estaban cerca. Tal vez su padre era uno de esos pastores que, vestidos con una kufiyya de cualquier color, apacentaban sus cabras sobre las colinas. O, ¿por qué no?, uno de los vendedores de té y artesanías que desde temprano instalaban sus puestos en Petra.

Si algo se podía saber era que aquel valle desértico, más allá de las ruinas principales, lo habitaban decenas de familias. Pero muchas de ellas no en casas convencionales, sino en los grandes agujeros escavados en la roca más de un milenio atrás por las tribus nabateas que poblaron el lugar. Lo perfecto de los cortes admiraba. A simple vista, parecía que bastaba con instalar una puerta para que la cavidad fuera habitable. Después levantar una cerca con ramas y troncos y almacenar el agua en tambos y bidones.

Sin embargo, no era suficiente observar para crearse una idea sobre la vida en el valle: las conjeturas sólo hacían surgir más dudas. Y además de un “Hello, where you go?” y un “Aaron’s tomb”, no tenían medio ni palabra alguna para entenderse, para conocerse aunque fuera un poco. No importaba cuánto tiempo caminaran juntos y sufrieran el mismo sol, sin el “puente” del idioma continuarían condenados a extremos diferentes de aquél abismo invisible. Tras varios minutos, la niña se desvió del camino sin decir nada.

***

El sol bañaba ya sin fuerza las colinas más lejanas cuando los caminantes regresaron. Fatigados por la calurosa jornada, volvían sobre sus pasos lentamente y con las reservas de agua casi agotadas. El calor había disminuido y la parte más baja del valle parecía animarse con la presencia de algunos niños que, entre risas, se acercaban al camino para saludarlos. “Hello! Hello!”, sonaban sus vocecitas aquí y allá.

Pero los caminantes no vieron por ninguna parte a la niña del hiyab café. Quizá estaba en su casa tomando una siesta, jugando con sus hermanos o alimentando al asno no muy lejos de ahí. Tal vez ella sí los miró alejarse por el camino hacia Petra. Quizá las preguntas también salpicaban su mente cada vez que veía desfilar por la vereda a nuevos caminantes. Cuando los alcanzaba montada en su asno, cuando avanzaban juntos bajo el mismo sol, cuando agotaban las palabras y no encontraban más remedio que el silencio. Siempre tan cercanos y siempre al otro lado del abismo.

-Publicado en El Barrio Antiguo.

Un mexicano en Medio Oriente

En menos de 24 horas, al terminar este viaje, estaré a más de 12 mil kilómetros de México, en un país que en realidad es un reino, con reyes, reinas y princesas, cuyos habitantes hablan un idioma que, según dicen, “es el idioma del cielo”, ya que para aprenderlo se necesita una eternidad.

El avión avanzó despacio sobre sus ruedas hasta encarar la pista de despegue. El ruido de los motores inundó el interior y avanzamos. Cincuenta, cien, doscientos kilómetros por hora y el tren de aterrizaje se replegó mientras Monterrey dejaba de ser la tercera ciudad más grande de México y se convertía en sólo una epidemia de concreto que invadía hasta las faldas de las montañas. Los únicos que mantenían su imponencia vistos desde aquella altura eran los picos de la Sierra Madre Oriental. A estos les dediqué un vistazo antes de que la última imagen de México quedara oculta bajo una impenetrable capa de nubes blancas.

Aquellos eran los primeros kilómetros de los 12 mil que habría de recorrer hasta la cara oriental del mundo. Más allá del Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo; entre Siria y Arabia Saudita, entre Iraq y Palestina, en la ribera este del Río Jordán.

Aterrizamos en Atlanta cuando el sol ya estaba por ocultarse. Después vinieron ocho horas más de vuelo nocturno cruzando el Atlántico por el norte, para terminar en la pista del Aeropuerto Internacional de Paris en una mañana nublada y húmeda. El Charles de Gaulle son 32 kilómetros cuadrados cuyas terminales se conectan por un sistema interno de transporte que, si no fuera por la comodidad y ventilación adecuadas, recordaría a una línea cualquiera del metro de la Ciudad de México. En aquel lugar, por el que cada día pasan 200 mil personas, había que dar con la sala L31.

Llegué a la conclusión de que la clave para atravesar sin contratiempos el de Gaulle estaba en la cartografía: llevar a la mano no uno, sino tres mapas de aquél complejo. Los estudié por última vez antes de salir del avión y, más nervioso que seguro, me dejé llevar entre las oleadas de personas provenientes de decenas de países.

Para mi asombro, la mayoría de los viajeros parecía saber hacia dónde iban y cómo llegar. Ayudaba pensar que si cada día miles de personas seguían haciendo esos mismos recorridos, encontrar una sala no podía ser tan complicado después de todo. Quince minutos más tarde, desde la comodidad de la L31, observaba a los ingenieros hacer los ajustes finales a la aeronave que terminaría mi viaje. Gracias al sistema de señalética del aeropuerto, de los mapas ni me acordé.

***

Dejamos París al atardecer a bordo de un Airbus A320. Mientras sobrevolábamos los campos franceses que parecían parchados con retazos verdes y marrones, saqué de la mochila una copia de Viajes con Heródoto, del periodista polaco Ryszard Kapuściński. Si algo había mantenido mi ánimo para emprender aquel viaje estaba en esas 308 páginas. Elegí un capítulo al azar: “Condenado a la India”. Mientras los pilotos ajustaban nuestro curso hacia Medio Oriente, Kapuściński viajaba directo el sur de Asia.

Leer al polaco era como no haberse metido solo en el lío de cruzar medio mundo para caer de lleno y tan sólo 24 horas después en la cara contraria. Porque hace 50 años Kapuściński volaba en las mismas condiciones: por primera vez, solo y sin la más mínima noción de alguna de las decenas de lenguas y dialectos que se hablan en la cuna del yoga y el hinduismo. Yo, por lo menos, sólo tendría que lidiar con uno: el árabe.

Reconfortaba saber que en sus primeros pasos, antes de recorrerse el mundo escribiendo sobres sus habitantes y cubrir 18 revoluciones, el famoso reportero había tenido más o menos la misma cara de fascinación y preocupación con la que yo me asomaba por la ventanilla a contemplar el paisaje. Volábamos sobre Grecia. Sus cadenas de montañas rocosas se extendían a la distancia hasta donde las nubes nos permitían contemplar, y decenas de islotes iban apareciendo bajo nosotros anunciando la llegada del mar.

Para los antiguos egipcios fue “el Gran Verde”, para los árabes “al-Bahr al-Mutawasit (Mar Intermedio)”. Los romanos, motivados por sus múltiples conquistas a lo largo de la costa, fueron más allá y lo adoptaron como “Mare Nostrum”. Para nosotros, el Mar Mediterráneo, visto desde el cielo, era una superficie inmóvil de tonalidades azules que variaban dependiendo de la profundidad y la hora del día —de la que yo había perdido la noción tras cruzar ocho zonas horarias—. Y pensar que sobre aquellas apacibles aguas se definieron los detalles de los combates que, según Heródoto, dieron origen a la rivalidad entre el Oriente y Occidente del mundo antiguo. Que a lo largo de la historia este “mar en medio de tierras” ha servido más para separar que para unir a Europa, África y Asia. Esta vez era ganancia que en lugar de galeras de combate y guerreros fueran yates los que a su paso dejaban líneas blancas de espuma.

La noche se tragó el mar y el avión se abrió paso entre la oscuridad más densa.

***

Ammán apareció como bordada sobre un manto oscuro. La noche y la altura habían reducido a esta capital de 2 millones de habitantes a una red de miles de hilos luminosos que se cruzaban de cualquier forma, corrían paralelos y volvían a chocar más adelante. Algunos avanzaban hasta desvanecerse sobre esa negrura que nos ocultaba a la ciudad más grande del país. A lo largo de la historia, aquel espectáculo de luz —aunque en menor grado— lo debieron de dar las antorchas asirias, luego persas, griegas, romanas y finalmente árabes.

Apenas habíamos dejado atrás las luces y avanzado nuevamente hacia la oscuridad cuando sonó el timbre que precedía a los anuncios del piloto. Por la bocina se escuchó un “Masa’a al-jair” (“Buenas noches”) y luego vino una lluvia de palabras impronunciables que parecían avisar el inicio del descenso. Efectivamente, el avión se inclinó a la derecha y por las ventanillas aparecieron nuevas hileras de focos que aumentaban de tamaño conforme perdíamos altura. El ruido de los motores inundó el interior justo antes de que las llantas tocaran el asfalto de la pista del Aeropuerto Internacional Queen Alia. El avión redujo la velocidad hasta detenerse junto al puente de abordaje.

Nos despabilamos y abarrotamos el pasillo. La puerta se abrió y entró el aire aún cálido de las primeras noches de otoño. Lo respiramos. Era el Reino Hachemita de Jordania.

-Publicado en El Barrio Antiguo.

La noche en que Carlos sintió miedo

Cuando llegue al albergue para migrantes CasaNicolás, en el municipio de Guadalupe, Carlos habrá dejado atrás dos mil 500 kilómetros desde su país, Honduras, varios estados mexicanos y aquella noche en la que por primera vez sintió miedo en este camino que se llama México. Después de contar su historia, pedirá que no se publique su nombre real. Así será.

Cuando Carlos escuchó el primer disparo atravesar el sonido de las llantas metálicas del tren rodando sobre los rieles, supo que aquello iba en serio y sintió miedo. Los diecisiete meses que había pasado en la Fuerza Naval de Honduras templaron su oído para diferenciar entre un disparo al aire, perdido y estéril, de uno exitoso, recién llegado a su destino, sólido. Tan sólido como el primero que Carlos escuchó esa noche.

Eran las once. Era Chontalpa. Era Tabasco, apenas el primer estado de la ruta más peligrosa para los migrantes que intentan cruzar México para alcanzar la frontera norte. Y en esa ruta, y en esa noche, Carlos sintió miedo.

Tan rápido como el tren avanzaba hacia Coatzacoalcos, pero en sentido contrario, corría el rumor de que ya estaban cobrando “la cuota”: los 100 dólares que cada migrante debe pagar al crimen organizado para adquirir el frágil derecho a viajar sobre La Bestia. Las luces de varias linternas moviéndose de un lado a otro sobre los vagones lo confirmaron. En la oscuridad de casi medianoche, los círculos brillantes se detenían unos minutos en cada vagón, se posaban sobre los viajeros y después continuaban su marcha hacia atrás. Se perdían de vista por unos instantes y volvían a emerger en el siguiente vagón. Los disparos, sólidos, constataron lo que no se había dicho, pero se temía: aquella noche los cobradores no se tocaban el corazón para no jalar el gatillo.

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Carlos despertó a sus compañeros —su hermano mayor, Ernesto; dos primos, dos amigos y una muchacha que se había unido a su grupo durante el viaje— mientras las luces se acercaban precediendo a los disparos. Algunos eran sólidos. A la distancia pudo ver cómo, de pies a cabeza, los asaltantes revisaban todo, cada doblez, cada bolsillo. Algunos viajeros fueron obligados a desnudarse. Aquellos que no pudieran pagar o fracasaran en el intento de esconder el dinero tenían dos opciones sujetas al capricho del asaltante: las ruedas de acero con un largo historial de víctimas o las balas siempre dispuestas de una nueve milímetros.

Cuando las linternas estuvieron suficientemente cerca como para sentir la inminencia del asalto y el miedo fue evidente entre los tripulantes del vagón, un hombre que había abordado el tren en Tenosique se ofreció como guía, pollero. El camino ha cambiado, las opciones se han reducido y viajar por cuenta propia no es la mejor. El “guía” es quien le dice al secuestrador que ya pagaste la cuota y al zeta que tu pase está arreglado; es quien soborna al agente de Migración, o bien, quien puede, con pago de por medio, decirle al asaltante —que acaba de vaciar la mitad del cargador de su nueve milímetros— que tenga consideración, que viajas con él.

—Denme su cartera para que no les quiten nada–—dijo el desconocido.

Varios de los tripulantes del vagón obedecieron, pero Carlos prefirió esconder la suya en el elástico del short que llevaba bajo el pantalón.

Pasaron unos minutos. El tren se comía las vías, su rugido las percusiones del arma. Entonces Carlos los vio cruzar a su vagón. Eran al menos cuatro hombres, que no dejaron tiempo para dudas.

—¡Somos “Los Zetas”!

Bastaron tres palabras para entender por qué la cuota, por qué los disparos sólidos, por qué los muertos, por qué nadie los defendería, por qué aquella noche las únicas opciones eran entregar el dinero, unirse al pollero o que los disparos sólidos sonaran en el vagón. Aquellos, los señores de las fronteras sur y norte, ahora dueños de las vías que los unen, podían, a capricho, cobrar sin matar, matar sin cobrar o cobrar y matar.

Y aquello quedó claro esa noche.

—Había un chavo ahí y que le dice: “Si quieres pégame un tiro, si tienes tantos cojones”. Y, sin pensarlo, lo hizo: le pegó.

El cuerpo del joven se desplomó a pocos metros de Carlos. Luego, sus verdugos lo arrojaron a las vías. Un cuerpo anónimo más en el cementerio en el que se ha convertido el camino. Un muerto más en medio del monte, lejos de su país y su familia. Carlos solo supo que era de El Salvador.

***

Carlos cierra los ojos y se deja llevar por el cansancio. Su cuerpo delgado hunde ligeramente el colchón sobre el que está acostado. Respira tranquilo, envuelto en silencio. No hay necesidad de estar alerta. Su mente puede retroceder hasta la imagen de su hija, hasta hace dos meses, el día en que nació. “Vivísima y bien grande; abrió los ojos al nacer”. Se deja llevar por el recuerdo.

Han pasado catorce días desde aquella noche en Chontalpa, mil 400 kilómetros de camino. Aquí, en donde Carlos espera la cena recostado en una cama, es la última escala antes de llegar a la frontera con Estados Unidos: la Casa del Migrante CasaNicolás, en el municipio de Guadalupe. En este punto del viaje ya tiene claro por qué un guía que “aparece” en el momento más oportuno no es resultado de la casualidad, ni siquiera de la suerte.

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—Ellos (los guías) trabajan de una manera, que lo hacen como si fuera normal. Ellos, como la gente ya no les cree nada, vienen, se trepan al tren con armas y todo el pedo, ponen a gente que trabaje con ellos y les dicen: “Maten gente para que les den miedo a los demás y se peguen a nosotros y sacarles el billete”. A veces sacan hasta 500 dólares o la cuota de cien dólares por persona. Entonces cuando ya miran las cosas y empiezan a ver que hay muerto entonces dicen: “¿Quieres guía?” Y entonces uno a fuerza tiene que pegarse al guía.

Si desde hace años en México la migración ya era negocio para algunos delincuentes locales, a partir del 2007 el cártel de Los Zetas lo profesionalizó como parte de la expansión que los llevó a controlar, además del tránsito de migrantes, su secuestro, prostitución, extorsión, venta y asesinato. Por eso ahora salvar indemnes y por cuenta propia el territorio mexicano ya no es una opción para los migrantes, sino la excepción a una regla a la que se resignan: en el camino te van a asaltar; si te va bien, si tienes suerte, si le pagas a un pollero, es probable que no te maten ni te secuestren.

Dentro de esta lógica, Carlos puede considerarse afortunado. Sabiéndolo o no, aquella noche estaban por entrar a Veracruz, el estado con la cifra más alta a nivel nacional en secuestros de migrantes.

Carlos baja la voz cuando otro migrante pasa junto a la cama. Sabe que, desafortunadamente, ni siquiera en los albergues se puede confiar plenamente en los demás. Cuando el hombre se ha alejado varios metros, su voz recobra el tono normal. Tumbado sobre su costado derecho, con la cabeza apoyada en su mano, este joven de 22 años con cara y complexión de adolescente termina de recordar las últimas escenas de aquella noche: impasibles, los asaltantes y asesinos pasaron toda la noche en medio de sus víctimas.

—Como si nada y riéndose de lo que habían hecho en la noche.

Impunes, sin miedo. Como quien no la debe ni la teme. Con la confianza que en otro país y en otras circunstancias sólo tendrían los inocentes. O, en este caso, el de México, los protegidos. Durante el resto del trayecto nocturno y sin poder hacer nada, los viajeros, los mismos que presenciaron la violación y asesinato de un marido que intentó defender a su esposa y la posterior violación de esa misma mujer apenas convertida en viuda, los testigos del asesinato de un joven salvadoreño que retó al asaltante, los asaltados, contemplaron a sus victimarios platicar y reírse de la jornada nocturna. Algo era evidente en aquella tranquilidad perturbadora: no huyeron porque sabían que el tren era suyo, que el maquinista estaba de su parte, que nadie los denunciaría y que aunque los denunciaran, nadie haría nada.

El tren, inmutable, siguió su marcha.

***

Ya había amanecido cuando llegaron a Coatzacoalcos, esa ciudad-industria de 236 mil habitantes que en enero del 2013 el párroco de Tenosique y director del albergue de migrantes La 72, Fray Tomás Gonzáles, recomendó a los migrantes que evitaran por el alto índice de secuestros, asaltos y extorsiones que comete el crimen organizado. Aún no bajaban del tren cuando los asaltantes le dieron toda la razón al párroco. La amenaza fue clara: si los volvemos a ver, los vamos a matar.

Uno de los migrantes divisó un puesto de policías a unos 200 metros del tren y se apresuró a denunciar a los asaltantes. “Nada”, responde Carlos. Los policías, los que estaban a sólo 200 metros de los delincuentes, no hicieron nada. Por eso no tiene sentido preguntarle a Carlos si confía en las autoridades. Por eso tiene sentido que él crea que aquel día operó toda una red de complicidades. Por eso el hecho de que el guía trabajara con los asaltantes es lo menos asombroso. Por eso —al menos Carlos y sus compañeros— optaron por refugiarse en la casa del migrante de la ciudad el resto del día. A la mañana siguiente reemprendieron el viaje hacia el Puerto de Veracruz, a cuatro horas de camino. Esta vez en autobús.

-Publicado en El Barrio Antiguo.

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